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Ciudad de México: lado A, lado B (I)*

Vi el cielo mexicano por primera vez en febrero de 2017, en un vuelo directo desde Bogotá. Llegué temprano al Benito Juárez, tomé un taxi y mis primeras observaciones fueron edificios, elevados, bloques de concreto muy altos, muchos autos, puestos callejeros enfilados en las aceras y esquinas públicas.

¿En qué zona estamos?

-Esto es el noreste. Estamos a una hora de La Roma, si el tráfico ayuda- respondió el chofer.

Me quedé callada unos minutos, los dos años vividos en Caracas asaltaron a mi cabeza, como una cadena de imágenes veloces. Una tras otra. Sí, las primeras postales del D.F me trasladaron a la capital venezolana y era extraña la sensación, porque al dejar el edificio de La Candelaria me juré no vivir en una ciudad de características similares.

Por más que intento recordar una imagen distinta, aquella hora de viaje estuvo llena de más edificios; algunos modernos de alturas monumentales, otros de varios siglos pasados con cruces o iconos religiosos en las paredes. El conductor me señaló una pequeña punta lejana de El Zócalo, me habló del metrobús, de las 12 líneas del metro, del amor a los tacos y al chile, me recomendó no probar el pulque porque era baboso y tener mucho cuidado con el mezcal porque “capaz usted no está preparada”.

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Calles de Tlayacapan, pueblo mágico de México

Llegamos a la colonia Roma, de edificios bajos y balcones viejos, con sus plazas al aire libre llenas de árboles y perros corriendo. Locales nocturnos, taquerías, tortillerías, cerrajerías, florerías y muchas más ‘ías’ a elección.

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Vendedora en el Mercado Central de Ciudad de México

Cada colonia tiene, mínimo, un mercado popular. Para mí eso fue una bendición folclórica, porque no solo conseguí productos frescos y autóctonos, lo mejor es que pude hablar con la gente sin los protocolos de la fila para pagar o la urgencia del repositor de mercancía de los grandes supermercados. Cualquier mercado del D.F te recibe con el olor dulzón del maíz cocinándose en el comal, con el grito alegre del hombre que ofrece aguas frescas o con la exclamación pícara de “¿qué le ofrecemos damita?”, del vendedor de pollo o huevos criollos. Así como en Bolivia o Perú, el lugar de reuniones es el comedor, esas largas mesas en las que familias, desconocidos y amigos comparten la mesa, el tazón de guacamole, la salsa de ají verde, las penas y alegrías y hasta las servilletas. Varias veces me senté por quesadillas con queso y flor de calabaza, compartí una sopa azteca picosita o me tomé un vaso con agua de horchata a la salud del recuerdo de la chicha andina.

En nueve meses visité un mercado popular unas dos veces por semana. Los cotidianos fueron el de la San Miguel Chapultepec y el de la colonia Portales. Antes que poner los pies en Walmart o Chedraui, preferí la alegría del mariachi en altavoz, el tarareo de la música de banda en los pasillos o el clásico “se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda” retumbando en las afueras de cualquier mercado, calle o avenida de la gigante metrópoli mexicana. Por algo se le han dedicado documentales y hasta películas enteras a los sonidos del D.F.

Comparada con otras capitales de Latinoamérica, la vida en Ciudad de México es económica. Con un sueldo básico de 12.000 pesos puedes alquilarte un pequeño departamento, comer abundante, ir a la Cineteca y hasta darte una escapada con amigos algún fin de semana. Claro, depende también de cómo te guste vivir; muchos me dijeron que ni con 15.000 pesos podría ‘vivir bien’ y, sin embargo, viví y comí, compré libros y comí tacos, pulque, mezcal y tequila, y, además ahorré para ese viaje que me escogería sin avisos ni mucha planificación.

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Calle en Tepoztlán, pueblo mágico de México

El ritmo del D.F es tan acelerado como el de Caracas. El tráfico no tiene receso, la vía exclusiva del metrobús no es garantía de puntualidad, así como las 12 líneas del subterráneo no son ventaja frente al movimiento que se sucede arriba, en las grandes avenidas Insurgentes, Paseo de la Reforma, Eje Central Lázaro Cárdenas o Cuauhtémoc. En promedio, gasté unas cuatro horas diarias para moverme del trabajo al mini departamento del barrio de Coyoacán, en el que viví mis últimos cuatro meses. Por más creatividad invertida en alternativas de transporte, la realidad del D.F se manifestó, todos los días, desde las 7.00hrs hasta el supuesto descanso post laboral.

La primera vez que usé el metro me aventuré por un vagón del medio. Iba de pie, haciendo equilibrio con mi cuerpo y una mano aferrada a la manija de metal. A mi alrededor, hombres. Todo el vagón estaba lleno de rostros masculinos. No le presté atención hasta avanzar dos estaciones y continuar rodeada por caras similares. Hombres, ninguna mujer. Seguí sin darle importancia, hasta que quise registrar los rostros y giré la mirada. Unos me sonrieron, otro me hizo un escaneo corporal de lo más incómodo, otro se atrevió a lanzarme un beso, uno más astuto movió la mandíbula cuando las puertas se abrieron como un gesto tácito, mudo, de “¿vamos?”

Me sentí indefensa, pero el sentimiento  bastó para activar eso que llamo mi tercer ojo seguramente no tiene nada qué ver con cábalas y constelaciones y miré atentamente el pasillo de la estación siguiente. Sí que había mujeres, pero estaban en los tres o cuatro primeros vagones del metro, un gran señalador daba indicaciones. Esa vez no lo vi.

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Carteles en pasillos y vagones del metro de Ciudad de México [vía publimetro.com.mx]
Al bajarme, vi unos carteles en los pasillos, con expresiones y mensajes que más que ‘concientizarme’ me causaron miedo y mucha más incomodidad. Recuerdo, una mañana en la que un hombre de unos 40 ingresó al vagón de mujeres y a los 15 minutos tuvo que cambiarse porque no se aguantó los insultos de sus compañeras de transporte público. Cada vez que era testigo de situaciones así me cuestionaba sobre la utilidad de la medida, ese límite que más que ofrecer seguridad, promueve también una separación, un distanciamiento de sexos, cuando lo necesario es una educación sexual distinta, una cultura que nos limpie de conceptos conservadores y prehistóricos. Y aunque en el vagón de hombres me sentí observada, en el de mujeres también experimenté sensaciones extraordinarias:

Si en un vagón viajaban 20 mujeres, 15 de ellas se maquillaban –algunas se rizaban las pestañas con una chuchara –, dos iban dormidas y otras tres miraban el móvil o se cambiaban las chanclas por calzado de tacones o zapatillas tipo ballet. Mi conclusión, después de nueve meses pendulantes de un vagón a otro, es que ambos escenarios son experimentos sociales, radiografías vivas y singulares para un viajero con afición a la antropología.

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Tequixquiac, estado de México

Lecturas como María, Doña Bárbara y Gabriela, clavo y canela quedan reducidas a meras aproximaciones costumbristas. Vivir en el D.F te integra a la realidad sin pañitos tibios o condescendencias.


* Lee la segunda parte de esta crónica la próxima semana. Puedes suscribirte al boletín, ubicado en la parte superior derecha del blog, y recibirla primero.

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Carta n°4

Querida Os:

Sí, esta carta me la escribo a mí misma, pero también podría ser para ti-

No tengas miedo. ¿Recuerdas cuando necesitabas que papá matara a las cucarachas por ti? En la selva ecuatoriana aprendiste a matarlas tu misma. O, ¿cuando te refugiabas en el vientre de mamá al no poder dormir? Ahora sabes, se llama ansiedad y la combates con meditación o cocina. Entonces, repito: No tengas miedo Os. Porque no lo has tenido viajando y cruzando fronteras y porque la vida en la gran ciudad también puede ser un lindo viaje.

Escuchaste a tu corazón y regresaste a Buenos Aires. Hoy sientes que fue la decisión más difícil del 2017, porque eres orgullosa y no te gusta volver hacia atrás, porque tenías un trabajo en el DF y ahora vives en el living de amigas. Pero, también sabes que Baires te ha devuelto la alegría de andar en colectivo a las 03:00 am., de abrazar a tus amigas y  de tomar todo el vino posible, sin importar la hora ni el día. Hoy sabes que volver no significa perder.

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Paterson

Eso fue lo que me diste:

yo me convertí en cigarrillo, y tú en fósforo,

o yo en fósforo y tú en cigarrillo brillando con besos,

ardiendo hacia el cielo.

Ron Padgett

Sentada a mitad de la sala 2 de la Cineteca Nacional de Ciudad de México, con un vaso descartable de café con vainilla, me enfrenté a Paterson. No lo digo con violencia, pero ver el film de Jim Jarmusch es una oportunidad para reflexionar sobre lo que más nos condiciona y, casi siempre obviamos, por parecer secundario: la cotidianidad.

Ahora que estoy en Buenos Aires, me siento parte de ese pequeño ‘mundo imaginario’ propuesto por el director estadounidense. Veo la ciudad con tanta perplejidad, me detengo en cada ventana de bus y me pregunto si será verdad que hay cientos de Paterson y no somos capaces de verlos, por tanta urgencia, Instagram y demanda de ‘construir sociedad’.

Tan fuerte fue la sensación que la vi por segunda vez, frente al computador, nada más para recordar por qué me gustó tanto.