7 cosas que aprendí viajando por Suramérica y Cuba

En junio de 2015 abrí el blog losviajesdeos.com (ahora inactivo). Estaba segura de que mi vida necesitaba movimiento, que en viajar se acumulaba el 80% de las cosas que quería para mí: ser valiente sin importar mi condición física, integrarme a lugares ajenos a mi zona cómoda, escapar de la rutina que me genera el estar mucho tiempo en un lugar e ir observando nuevas realidades, para crear nuevas historias.

Después de dos años de ese primer intento y con bitácora renovada reflexiono sobre qué he aprendido recorriendo Suramérica y, número curioso, un siete encabeza la lista de las primeras cosas que me vienen a la mente.

1. Somos bondadosos

María. La habana, 2011.

Antes creía que sólo podía recibir ayuda de mi familia, amigos cercanos o de alguien a quien estuviera pagando por resolverme algo. Viajando descubrí que estaba equivocada, que el dinero no lo es todo y que vale más un intercambio de sonrisas y noches mirando a las estrellas que una tarjeta de crédito con muchos dólares para gastar.

Las familias suramericanas siempre tienen más para ofrecer que para quitar, pese a toda nuestra historia, pese a todo lo que se nos ha quitado; somos solidarios porque también sabemos que somos mestizos,  somos una unión de texturas y sabores multicolores, desde nuestra más profunda genética hasta nuestros gestos. Por eso, somos practicantes de la bondad, porque tenemos mucho de todos y tenemos la capacidad de ponernos en el lugar de.

Y aprendiendo la bondad, he olvidado ese molesto prejuicio de mirar a la gente más por sus vestidos que por su mirada. O si no, pregunten a Karina, en Uruguay, si dejó de abrazarme por mi falda de flequillos desgastadas o a la tía María, en Ecuador, si se cohibió de enseñarme su casa y su cocina, aún sin entender casi nada de su cultura ancestral. Cada puerta que se me abrió, estuvo llena de bondad y por eso, gracias. ¡Gracias Suramérica!

2.Ser agradecida

Con Alice por las carreteras. Ecuador, 2015.

 ¿Cuántas veces  olvidamos decir gracias? Antes pensaba que el gracias era más una palabra tácita que necesaria, pero ahora se ha convertido en la reacción más inmediata sazonada con una buena sonrisa. Viajando comprendí que todos seguimos siendo niños, que nos gusta sentir aprobación o reconocimiento, una vez hacemos algo y que en un GRACIAS puede estar contenido el mayor gesto de humanidad en una persona.

En Suramérica el tiempo también corre rápido y aún así, siempre dejamos muchos segundos para bailar, gritar y contemplar el amanecer en compañía de alguien, sea conocido o no. Yo que he visto a familias enteras sentadas a la mesa, con el cubierto en la boca y la mirada en el celular, sé agradecer cuando alguien se toma el tiempo de mirarme e invitarme a ser parte de su vida, aunque sea por un momento. Porque es así, viajando también comprendí que compartir el tiempo es el tesoro más valioso en estos días de globalización y muchos “me gusta” en redes sociales.

A María, en La Habana, gracias por dejar sus flores y botellas a un lado para abrazarme y orientarme en mi segundo día por la ciudad y a Etsa, en Ecuador, miles de gracias por abandonar su hogar en Cuenca para ser mi guía en el Oriente.

3.Observar

Cholas en Cusco. Perú, 2013.

 En la escuela de Comunicación Social aprendí a salir a la calle a buscar la noticia, para después sentarme frente a un computador y escribir. Aprendí a mirar, a entender qué era importante y qué no; pero nunca se me enseñó que seguir el paso de una mujer, cargada con sacos, vestida apenas con chancletas, es la mejor imagen del trabajo y por qué no, de la desigualdad social. Viajando aprendí que observando al otro, estoy más cerca de la acuciosa verdad que escuchando al vocero del partido x o yendo a una conferencia de x.

Observar es, quizá, mi mejor ganancia de estos años; porque antes miraba y creía entender, ahora confío más en que puedo observar y comprender al otro, muchas veces hasta mejor de lo que me comprendo a mí misma. Porque en observar se descubren fisuras que las palabras no muestran y, también, se revelan movimientos que las acciones se tragan en su afán impulsivo.

En Suramérica me dejé observar por la abuela Pañasña, en Ecuador; un poco con vergüenza, un poco con la duda de sentirme pequeña ante su conocimiento de las cosas que, para otros, son invisibles. “No importará lo que digan otros. Bailarás, comerás, sentirás bien”, dijo ella días antes de que abandonara su casa, sin siquiera tener una justificación, sin conversar conmigo más que para darme los buenos días y darme instrucciones de cómo recoger la yuca y el camote de la tierra.

4. Ser humilde

Etsa se preparaba para enseñarme a usar la cerbatana. Ecuador, 2015.

 Muchos años atrás, imaginaba un futuro con pares de zapatos de todos los colores y formas, vestidos para llenar mi clóset y maquillaje siempre “a la moda”. Viajando sentí pena por mí misma y mis ideas vanidosas y consumistas, pena porque la materialidad es apenas una superficie que no demuestra nuestra verdadera identidad. Ya no pienso en cuántos zapatos comprarme al mes, sino cuándo regresaré a casa de Leticia, en Uruguay, para caminar por la arena de la playa con ella, mientras el sol se oculta tras las dunas de Valizas.

Nuestra vida son momentos y estos son más gratificantes cuando no son comprados, sino que son dados por la Naturaleza como un regalo, como un azar.

Después de observar, la humildad es mi mayor riqueza en estos años, porque sé que el día que abra mi corazón a otra persona  lo haré porque ha visto en mí más que la forma en que me quedaba ese pantalón o mi destreza al caminar con unos tacones. La humildad habla mejor de nosotros, que la ropa que llevamos puesta. Y Coco, en Cuba, me viene a la cabeza como un ejemplo hermoso; con su sombrero deshilachado y su piel tostada, con esas ganas suyas de leerme sus versos en mitad de una calle en Trinidad, sin importar la prisa ni las pocas monedas recogidas para su cena.

5. Ser tolerante

Guiada por un niño. La Habana, 2011. Foto: DA.

En mis años de adolescencia, si alguien no me caía bien ni los buenos días daba. Al crecer y reconocerme adulta en un país como Venezuela, me molestaban esas discusiones políticas que acababan en gritos y hasta golpes. Aunque hoy me sigan disgustando, el viajar me ha enseñado que el respeto es uno de los verbos que más nos hace falta aprender como región y que la tolerancia es la virtud necesaria para alcanzarlo porque, hasta que no comprendamos que en la diversidad está la riqueza de la vida y que una región, país, casa o lugar sin sueños diferentes no es capaz de lograr su independencia frente a otros. No es posible ceñirse a una única estructura, desde que empecé a viajar creo que el mundo necesita más alternativas que ideologías únicas y radicales.

Sin tolerancia, no hubiese aprendido el orgullo de las cholas bolivianas y me hubiese encerrado en mi hostel al primer rechazo recibido por ser “extranjera” y  no hablar Aymara. Gracias a esas mujeres de trenzas y faldas pomposas me sentí feliz de ser suramericana, de caminar sus valles sin miedo y sentarme a la misma mesa que ellas, para demostrarles que una no-boliviana también puede mascar coca o tomar mate cocido para el desayuno, con una buena empanada de queso, en un mercado popular, en el centro de Uyuni.

6. El gusto de integrarme

Participando en un taller comunitario. Ecuador, 2015.

Si algo descubrí viajando es que disfruto más de aprender a preparar los tradicionales bolones ecuatorianos,  con la vendedora del mercado, que sentarme en un restaurante a esperar a ser servida. Y esta semilla, estoy casi segura, fue sembrada por mi profesora Carmen Aidé cuando en una de sus clases de Periodismo nos habló de las nuevas corrientes, de esos periodistas que hasta iban a la cárcel para narrar cómo se vive entre calabozos, sin necesidad de entrevistas superfluas con el director del penal.

Mis viajes los disfruto más si, antes de tomar la linda foto, me paseo por la cocina mientras veo a Celia, en Buenos Aires, preparar un mata hambre al horno o acompaño a Nantar, en Ecuador, a buscar las papayas en el bosque antes de comérmelas. Un viaje es integrarse al lugar, es ser parte de sus problemas y hasta buscarles solución si está en nuestras manos.

Antes viajaba para tumbarme en la arena a broncearme, hoy también lo hago pero lo disfruto más si también converso con el vendedor de agua de coco.

7. Necesitar un lugar, necesitar compañía

Sin Alice no hubiese tenido la fortaleza de probar ayahuasca. Ecuador, 2015.
Sin tía Tila mi viaje por el sur argentino no hubiese sido tan divertido.

 He llegado a la parte más incómoda, a lo que me enseñó mi más reciente viaje por Ecuador: la necesidad de estar acompañada, de charlar con alguien mientras camino el centro de Cuenca o me siento perdida en mitad de la selva. Sé que manejar tus horarios o decidir a dónde quieres caminar una mañana, sin necesidad de discutirlo con alguien, es muy gratificante; pero hubo un tiempo en que los atardeceres los disfrutaba apoyada en el hombro de alguien o que me reía sin saber por qué con ese par, que al igual que yo, disfrutaba empaparse de lluvia y sal sin importar lo que dijera el resto.

Viajando también he reconocido la importancia de tener un espacio para mí; con mi escritorio, mis flores, postales y libros, un lugar para crear algunas horas en solitario, pero un lugar también que al bajar las escaleras o cruzar las puertas alguien me espere para abrazarme y contarme sus sueños. No sé si es que este año me agarró más melancólica de lo normal, pero Suramérica me ha enseñado que la soledad es un asunto que se lleva a cualquier parte, pero que puede ser menos dolorosa si la acompañamos con otro silencio, con otro par que respete tus ganas de moverte y que acepte (y disfrute) moverse contigo.

¿Encontraré a ese Mago? Que mi Cortázar querido eche las cartas por mí.

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