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Almendra

I

¿Seguirían siendo los mismos?

No, él estaría más calvo y con la barriga más flácida. Ella, seguro no podía ocultar las canas debajo del tinte oscuro y sus dientes estarían más picados de lo habitual. El viaje de regreso a aquella casa de la infancia me provocaba un remolino de presentimientos, precipitaciones estomacales que me subían hasta la cabeza y me nublaban la vista.

Yo sabía el porqué de mi regreso. Había estado diez años fuera de esa casa, ahora tengo casi 40 y he olvidado lo que eran las tardes de charlas con mi padre o los rituales culinarios con mi madre;  sólo recuerdo que esta era la casa de los patines, de los raspones en la rodilla y de los juegos a las escondidas, toda la memoria de mi pasado pueril descansa en esas columnas. La recuerdo vieja, con las paredes agrietadas, las puertas torcidas y las lámparas comidas por la plaga; nunca me gustó esa casa, salvo por los ruidos de las noches, las sombras merodeando por el patio y la fragancia rancia de mi abuela paterna esparcida por las esquinas más estrechas.

Trémula era una mujer muy flaca, toda arrugada y jorobada. Siempre llevaba un vestido de botones hasta las rodillas con un feo estampado color oscuro. Nunca quiso a mami, decía que era muy independiente para mi papá. Que llegaría el día en que no le plancharía ni una camisa y tuvo razón. A veces papi me llamaba acusando a mami porque era incapaz de plancharle una camisa para celebrar el año nuevo. Pero, mi abuela era buena; me gustaba escucharle sus pasos tan callados dando vueltas por la casa, apilaba las burusas de mugre en los rincones, lavaba diariamente la ropa de mi abuelo y nos miraba con sus ojos aguarapados, como si siempre se estuviera despidiendo de todos los que la miraban. A mi me causaba ternura, creo que con su imagen aprendí el significado de esa palabra tan sobrevalorada para una niña de cuatro años. Ella nunca jugó conmigo, me trataba similar a mi papá o a mi abuelo, tal vez por eso la recuerdo flotando por la casa, lejos de mí y al mismo tiempo siempre encontrándose con mis ojos esmeralda. La abuela Trémula nunca salía de casa, siempre llegábamos y ella estaba allí, regando las matas, haciendo café, regañando al abuelo Pablo; a él no le gustaba su comida, se la tiraba encima y carraspeaba, mucho, mucho.

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Una mañana me vistieron de blanco, me pusieron zapatos nuevos con medias de volados y me llevaron a un lugar desconocido para mis seis años. Era un campo gigante con muchas cruces, con flores marchitas, con ángeles de piedra dándose besos en las mejillas. Sé que todos iban de negro aunque no me acuerdo de ninguno, sólo veo la silueta de esa niña con una mata ‘e coco como peinado, ella miraba ese hueco en el que metían un cajón marrón, se preguntaba qué tenía dentro, por qué pesaba tanto y por qué le tiraban tierra encima. Alguien me tomaba de la mano, sí, tal vez era mi mami, pero no estoy segura. El cajón quedó enterrado y nos fuimos. Cuando llegamos a casa Trémula no estaba, por primera vez no sentí esa presencia tan dulce que tanto me gustaba de niña.

II

¿Y si la sentía de nuevo?

Hay fragancias que se quedan por siempre en nuestra nariz, como la piel de Esteban. Cada vez estaba más cerca, el taxi iba rápido, la ciudad estaba recién levantada y mi olfato rastreaba el olor de la fritura, el humo del guayoyo y el sudor de los transeúntes de Bella Vista. La temperatura llegaba a los 32º y “no era nada” decía el chofer, “ayer llegamos a 35 º, pero es rico estar así, ensopa’o”, aseguraba el mismo hombre de gorra y aliento a chicle de menta. Soplaba un aire espeso, me revoloteaba el cabello largo haciendo que se metiera en mis ojos y en mi boca. No traía mucho equipaje, sólo dos maletas y un bolsito de mano apretado en el estómago para calmar los cólicos. ¿Sería la emoción?, ¿estaba realmente emocionada por regresar? No, en realidad era un presentimiento de lo que vendría después. El auto se detuvo y estábamos allí, frente a la vereda, sucia como la recordaba, nublada y solitaria.

No avisé la hora de mi llegada, no me gustaba sentirme esperada.

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