25 de diciembre de ayuno y ayahuasca

Eran pasadas las 20.00 y el ruido de la bachata con el reguetón  no se detenía en San Luis. Etsa estaba nervioso porque habíamos ayunado todo el día y la ayahuasca estaba fresca para ser tomada esa noche. Alice y yo esperábamos sus instrucciones con imágenes de comida en la cabeza, hasta que hubo una decisión: -“Vamos a la casa de Janeth, allá beberán”.

El reloj marcaba casi las 21.00; la casa estaba a unos 30 minutos de caminata, bosque adentro. No había luna y la tierra estaba húmeda por las lluvias de días pasados. Alice subió por sus cosas y yo dudé un poco. Me acerqué a la abuela Pañasña en busca de su consentimiento y ella sólo me ofreció sus botas de caucho, desconozco si observó el miedo en mis ojos, si escuchó el latido apresurado de mi corazón.

Arriba, Alice empacaba su palo santo con tranquilidad. Yo no pronunciaba palabra, sencillamente repetía sus acciones como si estuviera sedada.  Bajamos y enumeramos lo necesario para no olvidar nada: bolsas de dormir, cobijas, papel higiénico, linternas, galletitas para el regreso y la botella con ese líquido arenoso y espeso. Teníamos todo, eran las 21.00 y la travesía comenzaba.

No llevábamos 10 minutos y le hablé con honestidad y mis ojos húmedos a Alice. No estaba segura de llegar a esa casa, sentía miedo por la noche, las serpientes y los animales nocturnos que se treparían en las matas de papaya. Ella tomó mi mano, me miró con esos ojos azules profundos: -Todo va a estar bien, lo haremos juntas.

Así, con Etsa, Gregory (el hijo de Janeth) y Alice caminé entre lodo, matas de plátano y el sonido de chicharras, grillos y sapos por 30 minutos. Cuando estuvimos cerca, el ladrido de los perros calló el sonido natural y agitó, nuevamente, a mis nervios. Pero, el paso más importante ya se había dado: estábamos allí, en mitad del bosque, apartados del bumbum de un 25 de diciembre por la noche.

Hicimos una fogata, nos sentamos alrededor del fuego y cada una hizo suyo un espacio, por recomendación de Etsa, para pensar y reflexionar sobre nuestros propósitos antes de tomar la bebida.

En todo Oriente y en el Amazonas ecuatoriano, el consumo de natima o ayahuasca es una práctica ancestral. Etsa tomó por primera vez cuando tenía seis años y, ahora, bebe unas dos veces al año. Para él y su familia, tomarla significa limpiar su estómago y mente de sustancias dañinas o malos pensamientos. El abuelo Rafael cuenta que curó su hígado con ayahuasca, el tío Lucho también cuenta que tiene visiones cada vez que la toma. Las experiencias varían, las sensaciones también; de acuerdo a la persona y al lugar en que se tome. Fuera del Oriente se vende por altas sumas, se acompaña con bailes o rituales de sanación y se presenta con un misticismo tan grandilocuente que te asustas. No sé si por azar, suerte o bendición; Alice y yo fuimos testigo y parte de una tradición tan natural para los Shuar como comer plátano y yuca para el desayuno.

El calor alrededor de la fogata fue abrazando mi cuerpo, cerré mis ojos y me enfoqué en mi familia y en las nuevas experiencias que quería para mi vida, en conseguir ese compañero auténtico y en sanar las viejas heridas de un pasado que insiste en golpear a mi cabeza. Etsa nos ofreció los vasos con porciones similares para las dos y debimos tomarlas de un único trago. El sabor era amargo y su textura era viscosa, la rodaja de limón ayudó a refrescar la boca y por un minuto sentí que estaba bebiendo un buen ron. Regresé a mi lugar, frente a la fogata y respiré despacio por varios minutos.

Abu Pañasña durante la preparación.

El abuelo Rafael nos había dicho que debíamos ser fuertes y evitar el rechazo de nuestro estómago. No podíamos vomitar en los primeros 40 minutos. Etsa vigilaba con una linterna, yo fijé mi mirada en las pocas estrellas y busqué calor en la fogata. Cerca de una hora después, mis palpitaciones fueron acelerando, mi cabeza se convirtió en una nube blanca y cargada. No sentía mi cuerpo, sentía sólo una masa pesada debajo de mi cabeza; en mi mente un remolino oscuro que evitaba ver la luz. Esa presión me impulsó a ponerme de pie y a caminar en línea recta por el patio de la casa.

Mi estómago se revolvió, los latidos eran más insistentes. Caí de rodillas sobre un tronco y el vómito no se resistió más, un líquido transparente y espeso salió de mi boca y se mezcló con la tierra. Pude respirar mejor, mi corazón se calmó y con equilibrio regresé a mi lugar. Alice meditaba en posición de loto y Etsa me lanzaba frases que no pude entender.

Los sonidos se hicieron más agudos. Mis oídos sólo escuchaban a los árboles mecerse, los grillos cantar y a lo lejos el agua del río. Era un ruido tan sensible que, después de seis días, me sentí realmente selva adentro. Mi cuerpo era un insecto más, mis articulaciones se fueron durmiendo hasta escapar de esa noche oscura pero iluminada por pequeñas estrellas.

Pasó hora y media y por recomendación de Etsa nos organizamos para dormir. Nosotras en bolsas de dormir, Gregory y él sobre una esterilla, arropados con una manta gruesa. Cerré mis ojos y vi unas imágenes flotar dentro de mis parpados; me asusté y los abrí rápidamente. La mata de papaya seguía intacta frente a mí, entonces cerré de vuelta y las imágenes regresaron:

Colores fríos, en círculos, colores fríos en trenzas. Animales gigantes, yo misma mirándome muy de cerca. Mi padre, mi familia, Thalia. Todos ahí, condensados en esas postales moviéndose por detrás de mis parpados. El ruido regresó con un ritmo violento, como un recital de música electrónica extendida. En mi estómago, imaginé una medusa devorando mis vísceras, bebiéndose todos mis jugos gástricos.

A mi alrededor, todos dormían. Los grillos parecían hablar, los troncos de los árboles parecían monstruos gigantes y yo me sentía indefensa. Esa noche no pude dormir pero tampoco sentía ganas de caminar. Me pasé cuatro horas tumbada en el piso, envuelta en la bolsa acolchada y caliente, temiendo que al levantarme caería mareada y débil, después de 24 horas sin comer.

A las 5.00 mi mente se calmó. La oscuridad volvió a mis ojos cerrados y me ordené sentarme. El ruido debió de despertar a Etsa. Alice y Gregory despertaron minutos después. Nos miramos entre risas, Alice me ofreció su mano de nuevo y ambas nos estrechamos en respuesta al miedo previo.

Comimos bananas, jugamos con los perros y caminamos a casa de Pañasña y Rafael. Ya los colores reales de la naturaleza regresaban a las hojas y al lodo en mis pies, ya el ruido cesaba y mis latidos retomaban su música cotidiana. No había encontrado las respuestas que buscaba, tampoco había visto mi futuro, pero pude escuchar el canto genuino de la naturaleza, el lenguaje grumoso de los insectos y la coreografía de mi estómago en su estado más activo.

Ratifiqué entonces aquello que más cuesta entender, eso de la incertidumbre de los días por venir, la nulidad de un futuro preparado y la necesidad de tener el coraje de decidir sin pistas ni visiones. Quizá, también, mi cuerpo no estaba preparado o, quizá, soy tan temerosa que no dejé hablar a las imágenes.

Venga, valiente ¡anímate a comentar!