Cajas para reencontrarse con el aire puro de la montaña

La neblina espesa despertó a mis ojos dormidos,

al abrirse mis párpados lloré de alegría

nostalgia e infancia.

Mi llegada al Parque Nacional Cajas significó un viaje hacia mi infancia, a aquellas vacaciones con mis padres por el páramo merideño. Ver mecerse a la neblina entre las altas montañas me hizo temblar de emoción, llanto y nostalgia. A veces no hace falta regresar a un lugar, a veces nuestra mente puede reconstruir un paisaje para hacerlo un fragmento vivo de nuestro recuerdo.

Pasé horas observando el fluir del agua en las lagunas, caminé hasta perderme entre rocas y riachuelos y sentí el viento rugir y tambalear a mi cuerpo y lo más importante: superé el vértigo de estar a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar y descender sin ayuda del Cerro San Luis.

El parque es tan inmenso que hay ocho rutas, delimitadas por el Ministerio de Ambiente, para recorrerlo. Cada una está señalizada con colores y sujeta a las condiciones físicas del visitante. Yo fui osada al hacer la número dos (color verde) porque exigía bastante y el descenso no fue nada fácil y mis articulaciones me pasaron factura a los días siguientes.

La ruta uno (color rosado) es la más visitada, por ser la menos exigente y también con variedad de paisajes: cuevas, lagunas, bosques de árboles de papel o quinoa, riachuelos y montañas de altura moderada.

Si tienes carpa y equipo de montaña puedes acampar o, puedes hacer como yo; pagar $4 para dormir en el refugio con oportunidad de cocinar. El lugar es sencillo, sólo ofrece dormitorios compartidos y baños, sin embargo debes llevar cobijas, bolsas de dormir y buen abrigo para soportar el frío de la noche.

El horario de atención y acceso es de 8.00 a 17.00 horas, aunque si quieres hacer varias rutas es recomendable llegar bien temprano porque después de las 15.00 la neblina comienza a cubrir toda la vegetación.

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