Caminar junto al rugido del mar

Cuando decidí ir a la Costa uruguaya todos me dijeron que tenía que ir a Cabo Polonio. Que era mágico, que cambiaría mi vida, que el paisaje era maravilloso; que tenía que planificar mi ida y vuelta en los camiones, que no soportaría la caminata, que pin pan pun.

A todos les digo: sí, es un lugar hermoso-como toda la costa de este país-, que no cambio mi vida pero que sirvió para demostrarme a mí misma que mis piernas no son tan enclenques como yo-y la mayoría-pensaba y que siempre que vaya a mi ritmo y haciendo las pausas necesarias, yo llego a donde quiera-claro, ¡no me pidan que escale una montaña! -. Como sospecharán todos, mi compañera Desi y yo somos tan osadas que fuimos a Cabo Polonio y volvimos a Valizas caminando. Sí, sin camiones, ni buses ni ambulancias.

Nos despertamos temprano, con la intención de ir tranquilas y evitar que se nos hiciera de noche a la vuelta, pero la bruma espesa de la costa nos hizo esperar más de una hora hasta que salió el sol. La niebla era tan pesada que cubría todas las dunas e incluso el mar.

Cerca de las once iniciamos camino, sin mapas ni mucha idea más que la piedra del Cerro Buena Vista, que Leticia nos había indicado como referencia.  Ya al comienzo, la arena cambió la presión en mis piernas y activó mis recuerdos de aquellos viajes por los Médanos de Coro (Venezuela).

Subimos montañas de arenas, todas pintadas por huellas de otros transeúntes. Nos decidimos por zafarnos de nuestros zapatos, abrigos, gorritos, bufandas y demás vestigios del invierno. Llegamos a bromear con “y si decimos que cruzamos el desierto, con estos turbantes, tanta arena y sol; ¿quién puede dudarlo?”, pero bah, seguro que la temperatura de las dunas de Valizas son un chiste, comparadas con el Sahara.

Después de horas llegamos al Buena Vista y cómo no detenerse si la panorámica del pueblo se ve completita, incluso se ve otro cercano, llamado Aguas Dulces que pasamos mientras viajábamos por la ruta.

Viento y rugido del mar se unieron en un bullicio que nos hizo compañía en lo que quedó de camino. Yo, cada tanto, giraba el cuerpo pensando que venía alguien detrás, pero no; era el rugido del mar, “el canto de Poseidón”, como decía Desi, que se colaba entre las dunas mientras uno caminaba.

Llegamos a Cabo Polonio a eso de la una de la tarde, pero si restamos el tiempo que estuvimos en el cerro más mis paradas para descansar, fácilmente se puede llegar en hora y media.

El mar estaba más agitado que el de Valizas y el pueblo me pareció muy colorido, lleno de casitas para veranear, puestos de artesanía y varios restaurantes. Si te gusta la playa en verano, con mucha gente, chicos surfeando, música y buenas birras; seguro te encantará ir a Cabo Polonio en esa época.

A mí que me gusta caminar para contemplar los silencios y colores de los lugares, ir en esta estación me gusta más. Pude admirar el faro-sin las filas que de seguro se hacen en temporada alta para subir-, ver los lobos marinos en su hábitat natural y bañar mis piernas en el mar con los pantalones puestos.

Eso fue Cabo Polonio, un ir y venir entre montañas de arena; un desafío personal y físico-Desi ya tenía pensado un plan de ¿cómo llevar a Os desmayada por las dunas hasta Valizas?, pero gracias a mis buenas piernas no tuvo que hacer ningún esfuerzo-y un caminar bajo la sospecha de estar acompañada por alguien temido por mí, el poderoso mar.

  Información útil

  En números – Atravesar las dunas de Valizas a Cabo Polonio equivale a caminar 8 km. de montañas de arena, que pueden llegar a los 30 metros, bosques y vegetación árida. El promedio de tiempo es entre  hora y media y dos, dependiendo del estado físico y de cuánto te quedes detenido observando el paisaje.

  Otras alternativas – Si no quieres caminar está la opción de los jeeps, que salen diariamente o también hay servicios de cabalgatas. En Valizas verás cartelitos con números de las personas responsables.

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