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Carta n° 2

Querido sin nombre:

 

Siento frío, desde ayer me siento pesada y con un dolor que me recorre las piernas. No tengo ganas más que de imaginarme bailando con una botella de vino en las manos.

Por la tarde me agité, escribía en la portátil y al ver cómo se movía el florero me paralicé; sentí que temblaba de nuevo, que esta vez el piso sí se quebraría, pero luego de fijar mi mirada sobre las flores comprendí que el temblor era yo misma y mis dedos sobre el teclado. Me levanté y caminé, miré el cielo de nubes grises y sentí las primeras gotas; me mojé un poco y salvé a Braulio de la ventisca en la terraza. Mi única calma ahora son los minutos en la cocina; el arroz, el pescado, el puré de camotes y mirar el cielo y rozar la textura de mis plantas.

Por la mañana desperté asustada, recordé que es jueves y no escribo ni un párrafo para mi libro, me siento culpable de no salir a ayudar, pero me digo que sería un estorbo, una enclenque incapaz de levantar una piedra. Desde el martes tengo episodios cortos de asma, me duele el pecho, me siento sin aire. Tomo té, quiero salir por hojas de eucalipto, pero mi cuerpo se exilió de la calle, los escombros y el desespero en el súper mercado.

Ayer después de regresar del centro de acopio, de cargar con bolsas de pañales y leche para bebés, me encerré. Sólo miro el cielo y siento temor, leo noticias y lloro con vídeos de niños rescatados bajo pedazos de paredes. Me culpo por tanta fragilidad; tanta soledad complaciente, masoquista. No sé si soy egoísta por no tener coraje de ir y prestar mis manos, no sé si soy consciente de lo poco que podría hacer, con estas piernas adoloridas, con este ardor en los ojos que no cesa. ¿Será que los ojos reclaman su propia lluvia? Hace poco me llamó De., hablamos de su nueva vida en Guayaquil, de los procesos de migrar, de adaptarse. Yo nunca me he sentido del todo en un lugar o ciudad, nunca he sabido de sentimientos nacionalistas. Izar la bandera patria en el balcón, jamás. Y no es desprecio, son cuestiones de semiótica, de esa libertad de no querer ser de ninguna parte. Quisiera estar en Guanajuato, en Querétaro o hasta en la Mérida mexicana. Quisiera como tantas veces verme y sentirme en el campo, en la apaciguedad de una montaña o el arrullo de la arena con el viento.

Recuerdo que al llegar a Ciudad de México me abrumaron sus edificios, su publicidad en las calles, su masa humana acelerada en los bulevares y avenidas. Me sentí como en mis primeros años en Caracas, tuve sueños tontos de imaginarme en India. La capital tiene un ritmo ajeno a mi cuerpo, un color que mi mente aún no identifica. Pero ahora, eso poco importa, allá afuera se siguen cayendo edificios, los suspiros de los niños siguen anhelándose en las calles. Y me duele no saber hacer nada, no tener ni la sabiduría, el dinero, el poder para levantar esos edificios y devolverles a ellos la luz. La vida, que es tan efímera, tantas veces irracional; dependiente totalmente de la naturaleza y su abrasadora anarquía. Escribo esto y pienso en Co. , en que no me responde y el huracán ya pasó por Puerto Rico, en que hace unos días me escribió que respondería a mi primera carta, pero aún no llegan sus palabras. ¿Será ella la única lectora? ¿Cómo crear un epistolario si nadie más escribe cartas?

Muchos me dicen que exijo demasiado, que espero mucho. Las esperas pueden ser canciones, pueden transformarse en poesía. Ahora mismo siento que mi cama se mueve, que nuevamente puede ocurrir. Han sido dos temblores en menos de dos semanas. Se mueve la tierra, siento que dentro de mi cuerpo también se mueven cosas, pero no sé con qué sentido.

Todos nos movemos, ¿qué se mueve en ti?

Suenan ambulancias, relámpagos distantes  y las palomas golpean mi ventana.

Te sigue esperando,

Os.

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21.09.17

 

 

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