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Carta n° 3

Querido sin nombre:

A todos nos quedan pendientes, como aprender a nadar o a manejar bicicleta, como ver los ojos de alguien a quien amaste por última vez o, quizá, como perderle el miedo a los aviones. Yo, ese último lo superé hace rato; todos los demás están en pausa. Son curiosas esas pausas, algunas son silenciosas, otras llegan a doler tanto que necesitas un impulso para superarlas.

Cuando pude alquilar el departamento en México me sentí satisfecha, sentía que avanzaba, que finalmente tendría un pequeño espacio para mi. Cuando el temblor me asaltó de noche leyendo el diario, un hueco se abrió en mi estómago, una caja con resonancias que me gritaban sobre la soledad de los últimos meses, esas llegadas nocturnas sin nada más que bananas y flores detrás de la puerta. Me empezó a doler el estómago a diario, me daban alergia los olores desprendidos de los puestos de tacos y aguas frescas, no entendía a las mujeres rizándose las pestañas con cucharas en el metrobús ni el morbo de los hombres cuando me atrevía a subirme al área exclusiva para ellos en el vagón de metro. El olor del maíz en el aire dejó de maravillarme, las estrellas en mi terraza, rápidamente, se convirtieron en rutina y de a poco mis ojos abrían más por obligación que por ganas.

Las desilusiones no se planifican. La felicidad tampoco.

Por mucho tiempo quise ir a México. Y fui. Probé mezcal, pulque y tequila; preferí siempre el primero de los tres. Quise encender mis ojos con sus colores rosa, azul y naranja y lo hice. México es un país solidario, con gente alegre y bondadosa. Con 12 pesos compras un kilo de tortillas y comes hasta dos días. En tres meses puedes alquilar un departamento chico y podría seguir enumerando virtudes, pero ahora no, porque el buen inventario no fue suficiente, porque ni por muchos litros de sopa azteca o botellas de mezcal puedo revertir mi decisión.

Me fui. Un martes embarqué en un avión y dije hasta luego. Adiós, no. Los Cabos, Guanajuato, Guadalajara, Yucatán y toda Chiapas aún brillan en mi libreta, pero no podía seguir en una ciudad mientras mi mente anhelaba todos los días a otra.

La infidelidad nunca ha sido mi amiga, la deslealtad tampoco. Por más racional que intente ser, por más necesidad de planificación, cuando mi corazón susurra no hay viento que se lleve sus palabras.

Corazón me habló una noche triste después de la lluvia del otoño. Gritó que debía irme, que ni quinientas estrellas asomadas en la terraza calmarían tanta ansiedad. Incrédula, busqué alternativas y el universo volcó mi falta de fe y me mostró que era posible volver para recoger jacarandás por el Rosedal o fumar puchos por Corrientes. Imaginé el abrazo con Desi; los mates con Flor, las risas con Cyn, los atardeceres sobre la Costanera. Las medialunas.

Me tomé un avión a Lima. Me subí a un bus en Javier Prado; pasaron cinco días desde aquel martes y, ahora, estoy aquí. Viendo la ciudad desde las ventanas del 152, admirando las fachadas, sorprendiéndome de nuevo con tantos libros, cafés y una que otra puteada en el aire.

La aventura re-comienza Argentina y en mi lista de pendientes gritan cataratas, ríos, llanuras y montañas. Hoy puedo decir que Buenos Aires es una suerte de hogar, un reconciliatorio con los sueños, la nostalgia y las ganas de continuar bailando con la vida.

Os.

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Buenos Aires, 17/11/17

 

  • Susana

    Me re-encantó este post. No importa cuanta belleza y cuanto anhelo, hasta la maravilla puede ser rutinaria. Te queremos Osi.

    • Osjanny Montero González

      Gracias, las rutinas tienen esa poesía oculta...leo tu comentario y pienso que todo se conecta. Justo subiré nuevo post de "Paterson", una película que nos recuerda eso, lo maravilloso de lo cotidiano.

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