Categoría: Guías informales

Ciudad de México: lado A, lado B (II)

Esta es la segunda parte de mi crónica después de vivir nueve meses en Ciudad de México.
Si no leíste la primera, empieza por aquí. 

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Mis últimos cuatro meses los viví en el barrio de Frida y Diego: Coyoacán. Me hacía feliz apartarme del ruido del centro, del aglomerado de edificios de Paseo Reforma y Polanco. En el sur de la capital reinan las casonas antiguas, las calles empedradas, pedazos de tierra fértil que en otrora fueron las grandes haciendas que bordeaban la ciudad. En la colonia Del Carmen se respira el aire fresco en su gran vivero, en la de Churubusco se recuerda la época dorada del cine mexicano o en Pedregal se escuchan leyendas de roca volcánica y fábulas aztecas. San Ángel, lugar de pintores y artistas; Desierto de Los Leones, lugar de oración y gran pulmón de la ciudad. Todas etiquetas que más que ilusionar, suman características a ese gran monstruo cosmogónico que es Ciudad de México y qué coincidencia pensar en monstruos, ojalá algún día Guillermo del Toro me lea y sonría para mí.

Muchas mañanas salía a perderme por las calles de Coyoacán. Así descubrí el vivero que también hace de pequeño bosque, en el que la gente hace yoga, toma el sol, práctica Tai Chi, se duerme en las bancas vacías y, por supuesto, se come par de tacos de guiso o canasta a la salida. En aquellas caminatas descubrí el barrio Santa Catarina, con su mítico callejón Aguacate, su iglesia adornada con papeles de colores con forma de calaveras y la gran casona del Emilio “El Indio” Fernández, quien recibió hasta a Marilyn Monroe en esas paredes que sirvieron de set de grabación a más de 100 películas. Ir durante las festividades por Día de Muertos resulta inolvidable, porque en una veintena de altares se explica esa fascinación que sienten los mexicanos por la muerte. Hay pan de muerto, flor de muerto –o cempasúchil–, alebrijes especiales para día de muertos y más rituales con el adjetivo de muerto que, más que miedo, genera una reconciliación con el sentido más primigenio del concepto: una transición, un paso a, un viaje, un movimiento a otra dimensión. Una vez entendido, también se comprende esa alegría con la que el mexicano vive cada día, ese desenfado de burritos, pambazos y tortas–como las de El chavo, nada qué ver con las de crema pastelera y chocolate–. Porque, otra lección–poco saludable–que uno aprende en el D.F es a comer y comer, rodar y rodar, sin culpas ni arrepentimientos por calorías y grasas trans.

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Altar de muertos en la casa de Emilio “El Indio” Fernández

Lo que nunca pude hacer en Ciudad de México fue caminar tranquila a la noche. Una herencia de mis tres años viviendo en Buenos Aires es la ansiedad antes de dormir. Mientras viví en la San Miguel me permití varias salidas, después de las 23hrs, y aunque fueron a los alrededores del departamento, siempre se me agitó el corazón en aquellas idas y venidas por la Rafael Rebollar, Villa Gelati o la Juan Cano. Lo mismo por Coyoacán, en donde apenas dos veces me animé a cruzar de la prolongación Martín Mendalde hasta Xicoténcatl después de las 00hrs. Los justificativos, quizá, la poca gente en la calle, la ausencia de transporte público después de las 23hrs, los faroles apagados.

Una tarde, de esas improvisadas en el trabajo, subimos a un piso 39 de WeWork. La vista panorámica era la gran promesa del co working. Me acerqué todo lo posible hasta quedar pegada al vidrio y superada la sensación de vértigo me quedé prendada a esa gran nube gris que cubre a los edificios y plazas. Pero qué será, neblina no es…claro es smog, contaminación. Vivo bajo una gran nube de polvo y bacterias. Vivo en el D.F.

Todavía me llegan ecos de aquella reflexión.

*

Cumplí mis 30 en Ciudad de México. Tres días después un temblor de 7.2 sacudió a la capital. Nunca presencié un acontecimiento así, y me sentí sola, distante de mis padres, mis amigos, mis personas queridas en mi mundo. En la larga caminata de Paseo Reforma a la estación Centro Médico del metro solo pensé en que tras ocho meses de convivencia en el D.F hablaba más con mis amigas en Buenos Aires y había comido más arepas para la cena que las comidas en dos años de vida en Argentina. Yo quería un hogar en el D.F, pero mi cabeza lo seguía construyendo a kilómetros de distancia. Caminé como un zombi, me dejé llevar por la masa de gente que lloraba o gritaba o hablaba desde el móvil. El mío no funcionaba. Mis pulmones empezaron a fallar. Me dio asma, también me tembló el cuerpo aquel 19 de septiembre de 2017. Y muchas casas se vinieron abajo, niños y adultos murieron, perritos corrían perdidos por las avenidas de asfalto. Fueron semanas de depresión, de inflexión.

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Volcán Popocatépetl desde la entrada al parque nacional que lleva su nombre
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Nuestra carpa a las faldas del parque nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl

Me animé revisando mi lista de futuros descubrimientos mexicanos. Guanajuato, Morelia, Guadalajara, San Cristóbal de las Casas, las playas del Caribe, Mérida y sus ruinas mayas. Los Cabos, Tijuana. Me di palmaditas en el hombro recordando la humareda del Popocatépetl, la acampada a las faldas de Iztaccíhuatl, la fiesta de Tlayacapan o los vestigios históricos en Tepoztlán. La Casa Azul de Frida que aun no conocía o la hacienda de Dolores Olmedo a la que quería volver para enfrentarme, una vez más, con “La columna rota”. Todos planes trazados en un mapa de incertidumbre.

Cuando abandoné Venezuela, en febrero de 2017, lo hice con la intención de construir un hogar para volver después de cada viaje. Uno de chico cree que ese lugar solo es posible en la casa paterna, en esa mesa en la que mamá sirve el desayuno o papá cultiva plátano y flor de jamaica. Pero no, mi estadía en mi país, me enseñó que un hogar propio es ese que uno construye con sus rutinas, sus ritmos, sus objetos y símbolos, sus euforias y sus horas de descanso. En ocho meses, el D.F no me enamoró, por más recetas, auto-embrujos y mapas imaginarios, Ciudad de México puso en jaque mate mis intenciones de inicio de año.

Ese hogar no era posible en Ciudad de México.

Mi corazón lo sabía desde aquel viaje en taxi. La mente, a veces, tarda más en descifrar acertijos.

*

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Braulio y Josefina en la terraza del departamento de Coyoacán

Me despedí del cielo del D.F un cinco de noviembre. Vi el de Buenos Aires un domingo 12, después de dos años.

No hubo dolor ni arrepentimientos. Creo que hasta me olvidé de la bolsa de basura en la terraza del departamento de Coyoacán. Mis pocos objetos se los dejé a D., otro migrante más venezolano, uno que sí encontró un hogar en el D.F. Mis plantas –Braulio, Matilda, Josefina y Cristina– las regalé a esas personas maravillosas que me recibieron, me dieron cariño y me llenaron de risas en días en los que todavía me temblaban las piernas. Si una lección atesoro de viajar es mi capacidad de desprendimiento. La vida es un círculo que siempre nos volverá a reunir con personas, paisajes y objetos que creemos perdidos.

Pero, las dos grandes lecciones de mis nueve meses en el D.F son estas:

Siempre que nos obliguemos, algo saldrá mal

Vivir en un lugar es distinto a viajarlo. Construir un hogar es más que escoger el color de las paredes o el mantel para la mesa. Esos, los detalles decorativos, poco importan.

Mi corazón me dice que volveré a México. No al D.F, pero sí al gran y multicultural México. Porque si algo detesto es acumular pendientes.

 

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Ciudad de México: lado A, lado B (I)

Vi el cielo mexicano por primera vez en febrero de 2017, en un vuelo directo desde Bogotá. Llegué temprano al Benito Juárez, tomé un taxi y mis primeras observaciones fueron edificios, elevados, bloques de concreto muy altos, muchos autos, puestos callejeros enfilados en las aceras y esquinas públicas.

¿En qué zona estamos?

-Esto es el noreste. Estamos a una hora de La Roma, si el tráfico ayuda- respondió el chofer.

Me quedé callada unos minutos, los dos años vividos en Caracas asaltaron a mi cabeza, como una cadena de imágenes veloces. Una tras otra. Sí, las primeras postales del D.F me trasladaron a la capital venezolana y era extraña la sensación, porque al dejar el edificio de La Candelaria me juré no vivir en una ciudad de características similares.

¿Cómo salir de Venezuela desde San Antonio sin perder tiempo? *

Hace poco hice un viaje corto hasta Bogotá y aunque ya había tenido experiencia cruzando la frontera San Antonio del Táchira – Cúcuta, esta vez no fue tan sencillo como en febrero de 2016.

Ir en bus de Cúcuta hasta Bogotá con todos los asientos ocupados por venezolanos fue un disparador para sentarme a escribir este post y compartir la experiencia, con el propósito de orientarte un poco si estás pensando en salir del país por estos caminos. Todos sabemos que esta frontera es la más activa, que hay movimiento a diario y mucho más ahora, cuando fue reabierta y muchos aprovechan de hacer compras por las razones que, también, todos conocemos.