Categoría: Trinitarias

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Carta n°4

Querida Os:

Sí, esta carta me la escribo a mí misma, pero también podría ser para ti-

No tengas miedo. ¿Recuerdas cuando necesitabas que papá matara a las cucarachas por ti? En la selva ecuatoriana aprendiste a matarlas tu misma. O, ¿cuando te refugiabas en el vientre de mamá al no poder dormir? Ahora sabes, se llama ansiedad y la combates con meditación o cocina. Entonces, repito: No tengas miedo Os. Porque no lo has tenido viajando y cruzando fronteras y porque la vida en la gran ciudad también puede ser un lindo viaje.

Escuchaste a tu corazón y regresaste a Buenos Aires. Hoy sientes que fue la decisión más difícil del 2017, porque eres orgullosa y no te gusta volver hacia atrás, porque tenías un trabajo en el DF y ahora vives en el living de amigas. Pero, también sabes que Baires te ha devuelto la alegría de andar en colectivo a las 03:00 am., de abrazar a tus amigas y  de tomar todo el vino posible, sin importar la hora ni el día. Hoy sabes que volver no significa perder.

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Paterson

Eso fue lo que me diste:

yo me convertí en cigarrillo, y tú en fósforo,

o yo en fósforo y tú en cigarrillo brillando con besos,

ardiendo hacia el cielo.

Ron Padgett

Sentada a mitad de la sala 2 de la Cineteca Nacional de Ciudad de México, con un vaso descartable de café con vainilla, me enfrenté a Paterson. No lo digo con violencia, pero ver el film de Jim Jarmusch es una oportunidad para reflexionar sobre lo que más nos condiciona y, casi siempre obviamos, por parecer secundario: la cotidianidad.

Ahora que estoy en Buenos Aires, me siento parte de ese pequeño ‘mundo imaginario’ propuesto por el director estadounidense. Veo la ciudad con tanta perplejidad, me detengo en cada ventana de bus y me pregunto si será verdad que hay cientos de Paterson y no somos capaces de verlos, por tanta urgencia, Instagram y demanda de ‘construir sociedad’.

Tan fuerte fue la sensación que la vi por segunda vez, frente al computador, nada más para recordar por qué me gustó tanto.

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Carta n° 3

Querido sin nombre:

A todos nos quedan pendientes, como aprender a nadar o a manejar bicicleta, como ver los ojos de alguien a quien amaste por última vez o, quizá, como perderle el miedo a los aviones. Yo, ese último lo superé hace rato; todos los demás están en pausa. Son curiosas esas pausas, algunas son silenciosas, otras llegan a doler tanto que necesitas un impulso para superarlas.

Cuando pude alquilar el departamento en México me sentí satisfecha, sentía que avanzaba, que finalmente tendría un pequeño espacio para mi. Cuando el temblor me asaltó de noche leyendo el diario, un hueco se abrió en mi estómago, una caja con resonancias que me gritaban sobre la soledad de los últimos meses, esas llegadas nocturnas sin nada más que bananas y flores detrás de la puerta. Me empezó a doler el estómago a diario, me daban alergia los olores desprendidos de los puestos de tacos y aguas frescas, no entendía a las mujeres rizándose las pestañas con cucharas en el metrobús ni el morbo de los hombres cuando me atrevía a subirme al área exclusiva para ellos en el vagón de metro. El olor del maíz en el aire dejó de maravillarme, las estrellas en mi terraza, rápidamente, se convirtieron en rutina y de a poco mis ojos abrían más por obligación que por ganas.