Categoría: Trinitarias

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La amiga estupenda

A la espera del mañana,

los mayores se mueven en un presente detrás del que están el ayer y el anteayer o,

como mucho, la semana pasada; no quieren pensar en el resto.

Los pequeños desconocen el significado del ayer, del anteayer, del mañana,

todo se reduce a esto, al ahora (…)

 

La primera vez que leí sobre Elena Ferrante fue en las páginas impresas de Arcadia, una revista a la que seguía hace años y pude comprar varios de sus números en una librería del centro de Bogotá. “La ausencia insoportable” se titulaba la nota y me la acabé en unos minutos, para después llegar a casa a devorar lo que pudiera de esa autora en la Web. Me impresionó que se hablara tanto y, al mismo tiempo, nada de quién era ella; se decía que no tenía cuerpo ni rostro, que era una estrategia publicitaria, que tal vez, ella sintiera vergüenza porque la escritura era una huida al oficio de pelar papas o recoger uvas en los campos italianos, hipótesis miles, detrás de la creadora de la tetralogía La amiga estupenda. 

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Carta n° 2

Querido sin nombre:

 

Siento frío, desde ayer me siento pesada y con un dolor que me recorre las piernas. No tengo ganas más que de imaginarme bailando con una botella de vino en las manos.

Por la tarde me agité, escribía en la portátil y al ver cómo se movía el florero me paralicé; sentí que temblaba de nuevo, que esta vez el piso sí se quebraría, pero luego de fijar mi mirada sobre las flores comprendí que el temblor era yo misma y mis dedos sobre el teclado. Me levanté y caminé, miré el cielo de nubes grises y sentí las primeras gotas; me mojé un poco y salvé a Braulio de la ventisca en la terraza. Mi única calma ahora son los minutos en la cocina; el arroz, el pescado, el puré de camotes y mirar el cielo y rozar la textura de mis plantas.

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Carta n° 1

Querido lector desconocido:

 

Son las 21:40 en la Ciudad de México, escucho la radio y aún hablan del temblor. Fue el jueves, me tiré junto a mi cama por más de cinco minutos, mientras el piso se movía. Pensaba en el columpio de Catalinas, temía por estar en un décimo piso y terminar bajo escombros en segundos. La fragilidad y lo efímero revuelto en mi mente en aquella medianoche.

El viernes desperté y recordé que estoy por cumplir 30, que necesitaba retomar la escritura de cartas y que procastinar las palabras sería una irresponsabilidad, ahora que vivo sola, que tengo mi cuarto propio. Por eso te escribo, sin saber tu nombre, pero deseando recibir respuesta.