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Capitán Fantástico

Si supones que no existe esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza.

Si supones que existe un instinto hacia la libertad,

entonces existen oportunidades de cambiar las cosas.

Noam Shomsky

 

La vi por segunda vez este fin de semana. Mi hermana la recomendó el año pasado y fue mi película favorita en 2016. No porque el papel principal lo haga Viggo Mortensen o porque me gustaría vestirme como Vespyr o Kielyr. No, Capitán Fantástico es realmente fantástica porque desde los primeros cinco minutos te confronta con lo que crees correcto o “normal”.

La película es totalmente moralista mas no definitiva, porque la duda péndula desde el guión hasta las interpretaciones. 

Ben Cash y su esposa Leslie decidieron alejarse de la ciudad para criar a sus seis hijos en mitad del bosque, sin televisores, sin teléfonos, sin escuelas y sin más contactos ni relaciones que las mantenidas entre ellos mismos. Entrenamiento físico, lecturas sobre Política, Matemáticas, Filosofía, Religión y Literatura; caza grupal, preparación de alimentos y música antes de dormir. Esa es la rutina familiar.

Las primeras secuencias sirven para identificarte con ese pequeño mundo libre de violencia, contaminación y aglomeración de gente. Un mundo en el que se habla y canta mirándose a los ojos, sin artificios tecnológicos ni necesidades (“inventadas”) para pasar el tiempo como videojuegos o ir por unas papas a Mc Donald’s.

Entre los hermanos no existe la vergüenza. Pueden abrazarse desnudos o en pijamas, pueden mirarse con amor y decirse te quiero, pueden inclusive pensar distinto siempre y cuando argumenten esa posición. Pero, lo que Matt Ross (el director) propone no es un tratado anarquista, hay pequeñas reglas y hasta prohibiciones como sentarse a la mesa vestido o iniciar un análisis literario con la sentencia “es interesante”. La temática que rodea a Capitán Fantástico es el cuestionamiento de cómo estamos viviendo como sociedad, cómo nos construimos y qué dicen nuestras acciones de nosotros mismos.

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Ese pequeño mundo llega a parecer perfecto, hasta que vemos a Bodevan (el hijo mayor) en un intento frustrado por charlar con unas chicas y no conseguir decir ni “hola” o más adelante, cuando después de su primer beso asume que esa chica será su esposa y madre de sus hijos. Ben “el capitán fantástico” de la pequeña tribu enseñó a sus hijos la importancia del conocimiento, pero de qué sirve cuando no sabes nada de la práctica, cuando no estás preparado para el contacto con el otro ni tienes más alternativas que el bosque, el venado y las estrellas. Aunque dos de estos elementos me causen fascinación -nunca mataría un venado- la vida también son oportunidades.

La muerte de Leslie se convierte para la familia en una gran oportunidad bautizada como “Misión rescatar a mamá”. Salir del bosque, ver letreros de las grandes tiendas desde las ventanas de un bus viejo, burlarse de un policía con cánticos religiosos y abandonar una cafetería por sólo ofrecer Coca y Hot Dogs serán el inicio de una aventura que marcará el desenlace de la historia.

De todas las secuencias del segundo acto son tres mis favoritas: la primera, el momento en que la pequeña Zaja (de unos seis años) explica la Declaración de Derechos frente a los hijos de la hermana de Ben, ambos mayores a los 10, yendo a la escuela convencional. La segunda, la llegada de la familia fantástica a la ceremonia cristiana organizada por los padres de Leslie para su entierro y el discurso de Ben en el que expone la última voluntad de su esposa: ser cremada y tirada a cualquier retrete, siguiendo la filosofía budista.

Por último, la caída de Vespyr en su intento de “escalar” sobre el tejado de la casa de sus abuelos. Es el momento clímax, la duda de Ben: ¿estoy poniendo en peligro la vida de mis hijos? Porque aunque ella sobrevive, aunque para sus edades los seis chicos tengan una resistencia física extraordinaria, todos tienen el cuerpo curtido de moretones, ninguno sabe de la existencia de Adidas o Nike y la televisión es tan nueva como que el pollo pueda comprarse ya muerto en una rotisería.

Los minutos finales son los más emocionantes, son los chicos quienes deciden si volver al bosque, si seguir a su Capitán Fantástico o integrarse a una sociedad consumista, sí, pero con posibilidades como las de ir a la universidad, jugar al golf o tener amigos con los que simplemente charlar de cómo va el día, sin argumentos profundos ni preparados, en los que sí se permiten todos los interesantes, lindos o divertidos.

Capitán Fantástico es una película más que inteligente; divertida, soñadora y emancipadora. Por eso me gusta, porque defiende la libertad de elegir, de pensar distinto, de construir un pequeño mundo en el que seamos felices con lo necesario, sin pedir prestado ni depender de grandes organizaciones. Una utopía, como muchas que nos propone el cine, ese ejercicio sublime de crear, de-construir y soñar.


otros desvíos

El vestuario es impecable. Quiero la capucha de Zaja, los disfraces de Nai y cada una de las tiaras de Vespyr y Kielyr

El ritual final para despedir a Leslie es mi secuencia favorita en toda la película

Vigo Mortensen es el capitán fantástico para cualquier corazón viajero y soñador 

Si la veo nuevamente, estoy más que segura que lloraré, reiré, me cuestionaré y querré correr al bosque por tercera vez

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