El cine como viaje y engranaje

Nunca he filmado una película, tampoco he estado en un set de grabación ni mucho menos conozco a detalle la velocidad u obturación que una fotografía necesita para ser hermosa. Aún así, a diario imagino nuevas historias, todas ellas las recreo en mi cabeza, les doy cierto ritmo, le asigno gestualidad a los objetos, muchas veces me voy a dormir y en sueños veo esa historia con sus colores, su música. Desde que recuerdo soy más visual que textual y es raro, porque se me da mejor la escritura que hablar en público frente a muchas personas, pero esa escritura que hago-o intento hacer-primero la imagino en mi cabeza y después la transformo en palabra.

Es así, me gusta imaginar; desde un simple cuento de camino en un bus hasta una historia completa, con personajes, atmósferas, acciones. A los 13 escribí mi primer poema y aunque ahora sea incapaz de retomar el verso, no concibo mi vida sin un cuaderno ni un día sin pensar en una escena transformable en palabras. Más allá de reír, para mí un día sin registrar una historia descubierta o imaginar una situación en la cabeza, son 24 horas perdidas.

Si bien todos tenemos contacto con la escritura desde la escuela, el cine es otro cuento. Podemos tener contacto con películas en los canales de cable, podemos ir a salas de proyección con amigos, podemos incluso ver las de acción que a nuestros padres les gusta; pero andar por ahí, coleccionando-y cazando-momentos para imaginarlos en la pantalla, creyendo que otras personas se emocionarán más o lo mismo que tú al momento de encontrarlos o crearlos es distinto; es pensar en cine, es darle tridimensionalidad a hechos que para muchos pueden ser azarosos y aburridos. Pero, ¿acaso no es mágico convertir lo simple, lo bello y hasta lo más desagradable en una metáfora encantadora de la vida misma? Para mí, sí que lo es y por eso, el cine es el más puro viaje; ese que no necesita comprar un boleto de avión o bus para llevarte a un nuevo destino, sino aquel que es capaz de invadir tu mente hasta sacudirte y llevarte a atmósferas, sonidos y lugares apenas conocibles o extrañamente misteriosos, pero que con su propio misticismo te seducen de tal manera, que consiguen correrte de tu zona de confort, por unas dos horas. Ya después lo que hagas con tu vida no es problema de nadie-ni mucho menos del cine-.

En marzo de 2016 conviví con una raza de personas que parecieran invisibles para el país, esas que se las juegan haciendo lo que disfrutan, pese a todo el drama de harinas pan, papel higiénico y atunes del que habla la gran mayoría-y los medios por supuesto-; una raza que entre sus objetivos de vida quieren escribir cine en Venezuela-o en cualquier lugar, me parece-, esas figuras inquietas que se deconstruyen a diario; imaginando, buscando referencias en Antonioni, Camus, Gaztambide o Memo Arriaga, que construyen y, además, le duelen los personajes que intentan crear, que no sólo quieren escribir, sino que, cada media hora, envían a la borda lo escrito porque no funciona, porque la duda puede más o porque la imprudente voz de Leonardo Henríquez le susurra en la oreja izquierda que van por un camino intrincado, que a quién carajos le importa esa historia que tienes en la cabeza. Una raza masoquista que anhela escribir historias, que se emborracha con las constelaciones de un cielo merideño o se encierra en su habitación, porque se avergüenza de transcurrir días enteros estudiando las películas de Yorgos Lanthimos y no se sabe ni una estrofa de Héctor Lavoe. Sí, con unas 20 cabezas complejas, sembradas de metáforas, de demonios y las más sublimes pasiones conviví en Mérida, ese terruño andino que también es casa del cine nacional, de gente que aún sigue creyendo en un cine colectivo, de costuras diversas, de género honesto y ritmo plural.

Fueron días densos, de abrir los ojos a las siete de la mañana y no poder cerrarlos hasta pasadas las tres del día siguiente, porque la duda siempre estaba ahí para asaltarnos. Cumplo cuatro meses de haber llegado a Venezuela y durante esa semana agradecí el estar aquí, en este tiempo presente, porque he comprendido que existen tipos de viajes como maneras de preparar un plátano y el cine es una de ellas. Pasé tres meses en Ecuador y desmenucé a esas mujeres de ponchos y ojos aguarapados, escribí en mis cuadernos de viajes las historias de Etsa, Alice, Pablo y Pañasña; lloré por horas contemplando la inmensa Cordillera Andina, superé obstáculos, conocí cantidad de personas, transité por buses, redacté guías de viaje; sí sí, me moví, no hubo un día en que no lo hiciera. Sin embargo, en esos ocho días de “residencia intensiva para ser una guionista o escritora de cine” me movieron por dentro, me hicieron ver mi cara b, la menos “hippie comeflor”, me reencontraron con esa necesidad de recrear mundos y la mejor parte, convivir con esas maravillosas bestias me hicieron recuperar la consigna de ver aquello que aún no existe, pero que tiene sus formas en tu cabeza o, también, en tus palabras. Ese viaje hacia nosotros mismos, esa sensualidad innata de querer construir las cosas, a partir de nuestras propias experiencias, deseos reprimidos o esperanzas vacuas. Querer hacer posible lo imposible, de eso también se trata el cine.

Y digo engranaje, porque el cine es un rompecabezas con sentido de todo aquello que una vez quisimos ser, es también el deseo de dibujar una sociedad más humana o, más válido aún, es el soplo de nuevos mundos posibles a partir de la información que atesoramos en nuestra cabeza; sea porque las vivimos mientras viajamos, porque registramos todo lo que observamos o porque nos duele el mundo y queremos usar el cine como medio para institucionalizar nuestro activismo. Si una lección nos ofrece el cine es el rigor y la solidaridad, porque es un oficio que exige disciplina, horas de trabajo y el compromiso de toda una comunidad para materializarlo.

Más allá de los apuntes, recomendaciones cinematográficas y horas de conversaciones ganadas, rescato el hecho de estar, de ser parte, de volver para conocer a estas 14 víctimas que, al igual que yo, encontramos en las historias  pequeños artificios para recuperar la pasión, a ratos perdida, y navegar (viajar) por nuestros distintos yo hasta descubrir las piezas necesarias para engranar y dar sentido a eso en lo que creemos. Y, claro, además de mis compañeros hacedores de historias, abrazar a quienes nos convirtieron en sus soldaditos de batalla, con sus conocimientos, su energía y su convicción. Conocer a Leo Henríquez fue un punto de partida, escuchar a Beto Arvelo es creer en lo imposible, reír con Camilo Pineda es reconocer la innecesaria apuesta por el egocentrismo y dejarse amoldar por César Lucena es confirmar que toda vida necesita un camino-por no decir método-para ser verosímil.

Leo Henríquez, Carlos Castillo y Ricardo Chetuan.

Los conceptos también fueron importantes en los días de residencia y no por su abstracción, sino porque cada uno fue capaz de encapsular su historia hasta hacerla universal, hasta lograr que escritores como Michael Gaztambide (Vacas, No habrá paz para los malvados) además de deleitarnos con su capacidad pedagógica, comprendiera qué queremos contar y nos diera pistas, tan valiosas, sobre cómo avanzar. Pasó también con Tix Sexton (Children of men, Libertador), quien con su divertido spanglish pudo reconocer la identidad general de mi historia sin siquiera compartir un café o, el mismo Guillermo Arriaga (Babel, Los tres entierros de Melquiades Estrada), quien con su facha de escritor emancipado le voló la cabeza a más de uno, él por allá en un hotel tejano y nosotros indefensos en mitad de un aguacero torrencial, en las faldas de una montaña venezolana. Y, nuestro Frank Baiz, de quien no olvidaré el gesto de no hablarnos de su software de guión mas sí ofrecernos una charla enriquecedora de psicología de los personajes y una lista de preguntas sobre conflictos, giros, drama y desenlaces que sigue estando en mis pendientes.

Carlota pensando en “Máximo”

Llego a un punto de la página en que me pregunto por qué escribes tanto Os, de seguro todos ya se fueron y me dejaron en un triste soliloquio de historias, cine y hasta literatura. Porque ¡ojo!, para mi escribir cine tiene  el encanto de la disciplina literaria, con el guiño de la búsqueda por lo simple y la victoria del lenguaje audiovisual frente al texto impreso. Entonces, me voy yendo a seguir cuestionándome y dándome respuestas: Esto es un blog de viajes, VIAJES. Sí, pero qué sería del cine que quiero escribir sin las realidades vistas en Bolivia, Argentina o Perú, sin los fantasmas que me provocaron miedos en algunas noches chilenas o aquellos pies descalzos que aún recuerdo ver corretear sobre plazas cubanas. No sería nada. Toda historia imaginada por mi cabeza o soñada mientras duermo, tiene la huella de ese camino que recorrí o de los que aún me faltan por recorrer-que son muchísimos-, todo; TODO aquello en lo que creemos forma parte de nuestro engranaje de recuerdos y deseos y eso, es para mí el cine, el viaje hacia la Os que aún desconozco o que está y yo-y ustedes-no alcanzan a ver.

Ya me voy, ¡esperen! Gracias a las hermosas productoras Manuelita y Merlyn, quienes aplacaron nuestras fiebres y catarsis con su mejor disposición por convertir nuestra estadía en un verdadero aprendizaje, gracias a Moñoño y su gran equipo de ProCine, gracias a todos los que creen en el cine venezolano y la necesidad de formar una nueva generación que escriba las páginas que vendrán.

Con Manu, Noblot y Jessi en una mañana de escapada al río.

¿Seremos nosotros parte? Sólo el mañana tiene las respuestas, mientras tanto  sigamos dando vida a las responsables del encuentro: Nuestras historias.

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