Crónicas azuladas (I): La cotidianidad viaja en bicicleta

 Yo que pensaba  estaría sola, que me distendería a mirar el cielo, que pasaría los días pérdida entre calles, que llegaría sólo a dormir y que amanecería en la incomodidad de un lugar ajeno; sin embargo no, en Azul la cotidianidad viaja en bicicleta y yo como no sé andar sobre ruedas se imaginarán lo que puede pasar.

 

La última vez que subí a una bicicleta tendría unos nueve años y tenía rueditas. Iba con vos, pequeña hermana, y sonreíamos bajo el árbol de mango del patio de una de nuestras casas de la infancia. Ya después vinieron los patines, los raspones en las rodillas y el duro equilibrio para mantenerme caminando con la hiperflexibilidad, el desgaste de cartílagos y demás “bendiciones” de mi herencia genética. Pero la verdad, no me quejo; a veces me resulta simpático andar por ahí pensando en qué vereda o hueco voy a caer de manera desprevenida.

Cuando llegué al Partido de Azul sentí nostalgia al ver que todos (o casi todos) andaban en bicicletas. La cotidianidad consistía en ir y venir sobre ruedas; con canastos, con mochilas amarradas o sin. Los autitos de colores se amontonaban sobre el pavimento, dejando que el sol los envolviera y los pocos autobuses sorprendían unas dos o tres veces durante el día con pocos pasajeros dentro.

El día en el pueblo empezaba temprano, con los quioscos recibiendo a los compradores o con los olores dulces de las confiterías. Si en capital los cafés abundan en cada esquina, en Azul están completamente ausentes. “Si querés café prepáratelo en casa, nena” me dijo un vendedor y tenía razón; en el único lugar que conseguí una buena taza me cobraron un ojo de la cara y la “calidad” no lo valía.

Entendí que el dormir una buena siesta es importante para el ritmo de una cotidianidad compartida: los locales y comercios cerraban a las 13 horas y abrían a eso de las 17 nuevamente y aunque yo no me dejé persuadir por esta costumbre azulada, comprendí que cada quien vive como mejor le resulta y según las necesidades que tengan. En el pueblo eso de irse de shopping sonaba extraño o antojarse de un dulcito a las 16 también. Los horarios estaban marcados por un ritmo lento, tan lento que entre tanta soledad de tarde todos nos íbamos a tomar el sol a la grama que rodea el balneario municipal.

El espejo de agua era incierto. Nunca me reflejé en él ni tampoco me provocó explorar sus profundidades. Preferí quedarme con Adeline charlando sobre viajes, amores e insatisfacciones, tomando fotografías y recogiendo las hojas de verano. Nos divertimos chusmeando los entretenimientos de los demás chicos: comer choripanes, beber cerveza, zambullirse en las aguas o  navegar en pequeñas lanchas.

Pasando el balneario llegamos a la Reserva Natural del pueblo. Con el chico Amore caminé entre ramilletes de lavanda y llegué hasta los rieles del tren justo cuando el sol comenzaba a caer. Fue una bendición estar ahí, con el riachuelo abajo golpeando las piedras y con la energía cálida del atardecer que tanto había buscado entre los edificios capitalinos. El tren irrumpió nuestra tranquilidad y sin embargo sonreímos y decidimos volver con nuestros pies descalzos y las maticas pinchándonos los talones.

Esa tarde comprendí que eso de la soledad es un asunto tan complicado como la vida misma. Uno la quiere y la odia, necesita acompañarla de cuando en vez, baila con ella y la suelta pero ella es fuerte, allí continúa quietica para susurrarnos y colarse entre nosotros de nuevo. En Azul la muy coqueta tuvo buenos acompañantes: el chico Amore con su tereré con jengibre, Ade con sus besós y humus, Tonga con sus ojos de honestidad y Dani con una sonrisa de aire despierto.

También comprendí la fuerza del mate. Esa tacita, bombilla y hierba esconde el truco místico del compartir. Puede que ni conozcas a quien te lo ofrece, pero aceptarlo es un boleto para una conversación, una sonrisa y, quizá, un plus. Al llegar de Azul continué poniendo a prueba el ritual y poco a poco me convenzo de la hospitalidad que se ceba en lo que antes era para mí mera “saliva compartida”.

Amore, Ade y Tunga tomando mate a orillas del río

Y, ahora que me acuerdo, mi principal miedo en Azul era llegar a casa de alguien desconocido. Sí, era mi primera vez haciendo Couchsurfing y tenía mis dudas. Mi anfitriona era Adeline Tissier, francesa de nacimiento, viajera desde hace años y con una mirada tan en calma que me identifiqué con su foto de perfil. Cuando ella aceptó recibirme, las cartas se echaron a mi favor.

Ella me recibió con alegría, cocinamos juntas, caminamos, charlamos, nos embriagamos escuchando rock y saltamos al ritmo de Las pelotas. Reflexionamos sobre las bondades de Sudamérica, las limitaciones de Europa y simplificamos nuestras inquietudes amorosas. Al segundo día se me había olvidado que estaba en una casa ajena, veía a Ade con cariño y sobreviví a mis pensamientos abortivos de alegría compartida, de no-lugar para mí y de no-rutinas. Recordé a las bicis en las calles, el movimiento de las ruedas y me tranquilicé.

 Pasé mi navidad en Azul, sin el ritual familiar convencional, con personas con quienes había compartido apenas tres días. Los enseñé a bailar nuestras gaitas y hasta terminamos meneándonos con las melodías de Pastor López, reímos de las vueltas de la vida y comimos fideos al pesto, ensalada de frutas, fiambres y buen vino. Coincidimos que la vida es eso, una esfera incierta y abierta a la exploración y aunque nuestros padres estaban en la Bretaña francesa, en la Mérida venezolana y en la Bogotá colombiana (creo que de esta sólo hay una, pero por-si-acaso) también podíamos sonreír y brindar por los días que vendrán, por los no-cumpleaños y por derribar los monumentos de fechas arbitrarias.

Lo más gracioso fue que en la vuelta mientras me tragaba el polvo del asiento del tren, un chico me ofreció mate y hablamos de playas venezolanas y rutas centroamericanas. Las cartas volvían a echarse, el gusanito del viaje palpitaba, no se quedaba quieto y aunque Constitución significó pisar Capital Federal yo muy dentro sabía que ahora la cotidianidad no viajaba en bicicleta, pero qué bien reconocer el ritmo ajeno, la cotidianidad del otro y la bondad de verse en unos ojos distintos a los tuyos.

Venga, valiente ¡anímate a comentar!