Crónicas azuladas (II): Reflexiones en el cementerio

Hay algo en los cementerios que me causa fascinación, miedo y calma. Mi fascinación viene porque me resulta interesante la capacidad humana de institucionalizar hasta las cosas a las que más teme:la muerte.

 El cementerio en Azul es una sociedad que funciona también según la escala económica del muerto. Están los nichos que son los más coloridos, los más chicos y en donde hay hasta cinco muertos; están los huecos comunes, en donde el cuerpo descansa bajo tierra en un perímetro rectangular señalado por ladrillitos, troncos o ramilletes de flores secas.

Están los grandes mausoleos, con cúpulas, mesas con manteles, altares y floreros de vidrio o porcelana. Y, en Azul vi un nuevo estatus: unas casitas con puertas de vidrio desde las que pude ver hasta tres cajones cubiertos por manteles bordados o sabanas color pastel.  También había floreros, fotos, rosarios y uno que otro recordatorio cariñoso. Me pareció que ellos representaban a la clase media.

Cuando yo decida morir (o la muerte me gane y venga por mi) quiero que se deshagan de mi cuerpo, que queden sólo mis cenizas y que vayan al agua o a una de las bocas del Océano Pacífico para ver si cuando vuelva no le temo tanto al mar.

 El miedo me viene por esas miradas en las fotografías, casi todas en sepia o blanco y negro. Son extrañas esas miradas, los rostros parecen asustados, muy serios, como si la foto fuera tomada con el propósito de colocarla después en el lugar en que ahora están. También es extraño que en ningún (o en muy pocas) haya sonrisas, ¿acaso todos mueren sin alegría en el rostro? Eso me genera mucho miedo: el cómo el hombre tergiversa una sensación o sentimiento para alimentar el kitsch o imaginario social que representa la muerte.

Y, siento calma porque me parece que todos los huesos que allí están descansan, no respiran ni tienen hambre. El alma ya debió de abandonarlos a todos. Ya los huesos tampoco pueden caminar. Siento calma porque camino sin ninguna prisa, no busco a nadie y tampoco nadie me busca a mí.

En estos días he pensado mucho en eso, en no esperar a nadie y no permitir que nadie quiera esperarme a mí. Cuando vi tantas flores marchitas pensé que la vida es como las flores; viven apenas un soplo y permanecen inalterables después de marchitarse o, quizás, morir.

Me gusta la tranquilidad de Azul, los pajaritos cantando en todas las calles, la gente en bicicletas. La ausencia de buses, los pocos autos y las tantas hojas y flores en mitad de algún camino.

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