Y vos, muchachita ¿cuándo te vais a casar? *

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Hace algunos meses las conversaciones telefónicas con mi abuela terminaban con esa pregunta, porque claro; los primos de mi generación están bien casados, con hijos y casa y, los que no, están comprometidos o salen con alguien. Y, ¡qué bueno! Cada quien construye su felicidad y cotidianidad como mejor le parece, de eso se trata la libertad, ¿no? De poder elegir, de sonreír cuando tengamos ganas y con quien tengamos ganas.

En mi familia – y en la gran mayoría de este lado del charco- se nos enseña a estudiar, a trabajar desde chicos si hace falta, todo con un propósito: tener un título, conseguir un buen empleo, conocer a alguien “que te represente”, para después casarte, tener hijos y garantizar tu vida con tu futura jubilación. Ah! Y, lo más ¿gracioso?, cuando tengas una hija regálale una nenuco (esos bebés de cabeza pelada que vienen con tetero y pañales) para que se vaya ejercitando desde chica.

Entonces, se nos traza nuestra línea de vida desde que tenemos cinco años. Recuerdo que en mi nidito familiar – mamá, papá, hermana- salíamos de vacaciones varias veces al año cuando estábamos pequeñas. Era maravilloso, aún recuerdo columpiarme con la montaña a mi espalda, comer cachapas todos juntos a la mesa, sin la preocupación del horario de trabajo de mami y papi, sin tener que dejar de jugar por hacer la tarea escolar.

A medida que crecemos la línea va agarrando fuerza con otras especias cada vez más picantes: ¿qué piensas hacer de tu vida?, ¿de qué vas a vivir?, ¡escoge una carrera que te de plata! y por supuesto, ¡tienes que tener una familia! Mi papá quería una ingeniera o abogada, mi mamá una médica, pero yo desde chica jugaba a ser actriz frente al espejo o escribía poemitas a escondidas. Lo bueno es que nunca hubo presión, ellos dejaron que hiciera siempre lo que quise, aunque no estuvieran 100% de acuerdo.

Y hubo títulos- dos, no pueden quejarse- pero ninguno me garantizó la estabilidad prometida por la sociedad -aquí es donde ellos me dirían: “Te lo dijimos, estudia algo que te de plata”-, pero conseguí algo que para mi es mucho más importante: Mi independencia. Algo que, en parte, se lo debo a mi madre. Gracias a ella aprendí un montón de oficios y el mejor: verla ir y venir a donde ella quisiera, sin depender del dinero de nadie; su valentía a la hora de tomar decisiones y dirigir a grupos grandes y sus ganas de aprender cada día.

Neuquén, Argentina. 2013.

Pero aún sigo chueca para mi abuela: qué bonito esos viajes, qué bueno te queda el arroz, tan bonito ese vestido y….y ¿el novio? No hay; no hay ni marido, ni casa, ni auto y, este año cumplo 28 y en la casa de la abuela todavía resuena el dicho popular “mujer sola a los 30 se queda para ‘vestir santos’”. Puedo, entonces, dedicarme en estos dos años a ajustar mis  pantalones, mostrar un tentador escote y maquillarme los ojos para que luzcan más provocativos,como me recomiendan compañeras de trabajo y muchas otras conocidas cercanas. Pero no chicas, no estoy interesada en conquistar a nadie con mis nalgas apretadas ni mucho menos, querida abuela, redimirme a un hombre que me ofrezca una linda casa.

Cuando caminé por Neuquén  y vi esas casitas de madera, con árboles y columpios me tenté; cuando conocí Mendoza y sus casas de fachadas llenas de enredaderas y flores también dudé, o cuando veo esas construcciones  junto al mar, mi cabeza peca y pide a gritos tener una. Pero, a los minutos se me pasa. Porque no es un vínculo físico y estable lo que quiero, porque llega un punto en que me aburro de las mismas ventanas o fachadas, porque siento un rechazo al ver esos carteles de “Tu casa en 30 años”-¡pfff!, toda una vida en relación directa con un banco-y porque siento que no es el momento.

Valoro el esfuerzo de mis padres en tener una casa y esos planes que te aseguran hacer realidad el sueño sembrado en la infancia. Sí que lo valoro, pero ahora no busco eso. Busco amaneceres en ventanas distintas, mesas para compartir recetas con personas de la China, Malasia o México, quiero ver la llegada del sol desde distintas terrazas o escuchar el oleaje del mar en medio de la arena en Valizas.

El ser soñadora lo heredé de mi padre. Él cierra los ojos y sigue viendo su campo, él recita sus versos aunque mi madre no lo entienda, él se ríe de las cosas más simples; para él sigo siendo la criatura de ocho años que llevaba sobre sus hombros por el parque. No se crean, recuerdo estas imágenes y lloro, porque si algún día tengo hijos, han de ser contagiados de toda esa ternura que me enseñó mi papá. La cuestión es que yo comprendo la necesidad de estabilidad de otros, de llegar a una misma casa todos los días, de sacar al perro a pasear y vos, ¿entiendes que necesito el movimiento? Espero que sí, porque si una palabra juega en contra del mundo es la intolerancia.

¿Me imaginan de ingeniera o abogada?

Mucha charla y la abuela sigue esperando una respuesta al “muchachita, ¿cuándo te vais a casar?” y, honestamente, no me interesa. Este año vi fotos de muchas compañeras de la universidad tirar el ramo al cielo, vestidas como princesas y con miradas enamoradas. No lo duden, yo suspiraba, recordaba a mi abuela y sus consejos, sentía a las dudas revolverse en el estómago, pero después la vocecita endiablada me gritaba: “Que vas a tener un marido, si ni novio tienes” y me reía de mí misma.

Tener un esposo no me quita el sueño, como tampoco celebrar un cumpleaños ni tener un doctorado. Esos rituales sociales, esas firmas ante la ley, esos tratados de “un futuro juntos” me dan vértigo. Si algo quiero es un compañero de vida y de ruta, alguien con quien pueda amanecer en ventanas diferentes, con quien pueda aventurarme por carreteras desconocidas o con quien poder documentar la historia de otros y la nuestra. Quiero a alguien que me enseñe y no me advierta de los peligros, sino que los viva conmigo. Sí, quiero un soñador, un explorador a quien se le aviven los ojos cuando yo diga “vámonos”, no un hombre que me pida que le cocine la cena, sino, unas manos que creen sabores o texturas junto a mi. Si estás casado/a y tienes ese alguien, ¡qué envidia puedo tenerte!

Bosque de Pinos, Mérida. 2016.

Entonces, abuela; esta nieta tuya te salió bien “rarita”, como muchas veces escuché decirte. Pero es que no creo en una felicidad acartonada, ni aliñada por patrones sociales. Creo en mi libertad de elegir, en practicar la independencia, en transformarme después de conocer un lugar nuevo o de mutar de opinión cuando aprendo de otras personas.

No me da miedo cumplir 28 y no tener ni plan de casa, ni auto ni marido. Siento alegría al recordar el día en el que mientras viajaba a Lima, el bus se estrelló frente a una montaña o cuando un tipo de 50, en la plaza de Arequipa, me insinuaba que me fuera con él. ¿Saben por qué? Porque fueron circunstancias que me hicieron reaccionar y ponerme a prueba,  me obligaron a ser parte de un equipo y buscar soluciones fuera de un terreno conocido y cómodo y porque sin importar mi condición de mujer que viaja sola, he aprendido a defenderme de esos villanos de corbata y plata en los bolsillos. Porque si de algo debe estar orgulloso mi padre es de que su hija aprendió a tener malicia, aunque para muchos siga siendo la misma – o más- “hippie comeflor”.

Y si los 30 me agarran así, brindaré por mis decisiones. Espero que un rayo de sol, en alguna ventana nueva, me despierte con la alegría de no depender de una casa, auto o persona para vivir contenta. Y si para ese entonces estoy con ese soñador mucho más alegre estaré, porque, quizá, Emma Luna dejará de ser un rostro desdibujado en mis sueños.


* Este post fue traducido al francés por la simpática Marie L. Ella es traductora, viajera y soñadora; quizá por eso las constelaciones nos juntaron. Los invito a conocer su blog y espacio de trabajo L’hispano phone o a seguirla en Facebook.

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