diez-enaguame

Diez de la mañana

Que no haya engaño.

La separación nos pertenece

Rafael Cadenas

 

Él caminaba hacía mi, despacio, y sin embargo podía ver sus cabellos moviéndose en dirección a mis ojos, sentía una podredumbre en el pecho, una sensación imposible de deletrear porque no alcanzaba un nombre para ella. Desde aquella tarde de febrero su mano no acariciaba mi mejilla y, entonces, de imaginar cómo sería el reencuentro el estómago se me descomponía, una calentura me subía por las piernas. Revoloteaba su sombra en el suelo, en las orillas del envejecido malecón y cuando ya podía verle los ojos rodeados de una mancha blanca, un paisaje negro apareció como una transición en una pantalla de cine.

*

Un golpe acorazonado la hizo brincar de la cama, se despertó sin ningún esfuerzo casi con los pies ya en el suelo. Un quejido de suspiro le hizo entender que ni en sueños podía ser posible un apaciguamiento de la ausencia, una tregua entre tantos kilómetros de distancia. –No está, no estará, se repitió con los ojos absortos, en dirección al techo color crema. Miró su reloj y eran las diez de la mañana. Bajó al baño, se lavó la cara y al sentarse en el inodoro se le revolvió la panza, tenía las piernas calientes pero la sensación se durmió cuando se miró en el espejo. Un rostro infantil, con los cabellos revueltos y un par de hilos blancos mezclados con su castaño oscuro: –Igual que América Martínez, bromeó y como todos los días no se lavó los dientes antes del desayuno para rendir el dentífrico. Detrás de la puerta se escuchaba un zumbido, un silbato tempranero que la incomodó. –Toche vieja, nunca dejará de cantar por las mañanas. Necesito quedarme más tiempo en la cama, hacer una taima mientras ella desayuna.

-¡Buen día, Cuco! Qué sol más bonito, será un día estupendo. Laralara, mmm, mmm…

-Hola Marina. Sí, ojalá llueva un poco.

Pero la mujer no nombró palabra y siguió cantando. Ella prendió la hornilla, puso su ollita rota llena de agua y fue sacando las medialunas de la envoltura de papel hasta servirlas en un plato con pinceladas rojas. En el colador, cuchara y media de café, azúcar y un toque de canela. Echó el agua y el líquido oscuro iba cayendo en el envase, ella revolvía la mezcla, evitando la imagen de la dueña de la casa. –Ay, Cuco, no sé por qué perdés tiempo haciendo el café así. Qué trabajo el de todas tus mañanas, che. No hubo respuesta, en cambio el ruido de la licuadora sonó en el nivel más alto para acallar el silbido de la acompañante. Se sentó a la mesa con la taza de caféconleche hasta arriba, con una espuma color canela que desprendía un aroma andino. Suspiró y mientras el aire le volvía adentro fue comiéndose las masas, remojadas en la bebida caliente. –Estoy buscando acompañante para ir a ver El tío por la noche, ¿querés?, pero ella respondió con completa naturalidad –No, necesito escribir unos relatos para el diario. –Niña te vas a enfermar de tanto encierro. Me iré con mi club de amigas, refunfuñó el cuerpo encorvado de 73 años. Ella se levantó de la mesa y fue a lavar sus platos. Subió a la habitación, entró en el estudio y se llevó a la boca un cigarrillo, mentolado, como de costumbre. Respiró despacio, llevando los ojos a todos los extremos de la pobre pared blanca. Su escritorio era amplio, con hojas regadas en las esquinas y piedras dispuestas en triángulos. Tenía varias caracolas, las colocaba en sus oídos de vez en cuando para simular que escuchaba el mar.

*

Las olas del rabioso mar me empujaron a ninguna orilla. Sin saber nadar estaba sumergida en centenares de metros de profundidad, con la mitad del cuerpo fuera intentando flotar, haciendo muecas por si algún faro me iluminaba en medio de tanta noche, frío y humedad. Pero del cielo sólo caía más agua, mi piel comenzaba a arrugarse y sin embargo, ahí estaba yo, con la mitad del cuerpo respirando. El viento me arrastraba la cara, me penetraba en medio de mi mojada desnudez y justo cuando creí perder todas las fuerzas apareció una sombra, como flotando en las alturas del cielo. Era él, eran sus cabellos rizados, su rostro pálido y sus ojos hundidos que aparecían milagrosamente para ofrecerme sus manos, para, quizá, acariciarme las mejillas frías de tanto naufragio, con la misma ternura del recuerdo de un 22 en Caracas. Me alegré, sentí que podía nadar y fui, no sé cómo, hasta él; me acerqué pero mientras más remaba hasta su rostro más lejos veía sus pestañas. No entendía, yo extendía mis manos buscando su abrazo pero él, él se río; sí, cínicamente se río, cerró sus ojos y con el mismo hechizo que apareció se fue, dejándome abandonada, sin esperanza alguna en aquellas aguas alborotadas de un mar pacífico, cerca, tal vez, de la casa de Matilde. Lo vi disolverse, hacerse nada sobre la espuma marina y con un suspiro aquejado dejé que la otra parte de mi cuerpo se fuera con su mitad. La muerte la encontré silenciosa debajo del agua.

Y las lágrimas aparecieron como si una parte del mar se hubiese venido conmigo al otro territorio del sueño, uno que yo creí era el más temeroso, pero esa mañana confirmé que no era muy cierto. Del otro lado también me hundía, también habían despedidas. Recuerdo que era temprano pero no tenía ganas de descender de mi cama; me separé de la cobija un rato y jugué a cerrar y abrir los ojos mientras miraba a Trinidad por la ventana, toda iluminada como de costumbre, como su rutina de todas las madrugadas. –Ya quisiera ser Trinidad para espiar su sueño, para provocarle pesadillas -me dije rencorosa-. –Bah, ni siquiera soñará conmigo. ¡Qué tonta! Al poco rato estaba dormida nuevamente, profunda, seca. El mar se había ido a tambalear a otra orilla.

*

La alarma sonó a las ocho de la mañana, pero ella durmió dos horas más. Miró por las escaleras antes de bajar y felizmente, Marina no estaba. Bajó rápido, hizo pipi y se lavó la cara. En menos de cinco minutos había puesto la olla con el agua y desempolvado los bocados de la bolsa; comió tranquila, sin bullicios, ni invitaciones ni preguntas incómodas. Pudo ver el sol de las diez radiante, recostado sobre el lavarropa de la casa y tomó un segundo pocillo de caféconleche mientras leía el suplemento literario puesto, sabía que a propósito, sobre el comedor. El cuento “Un libro para Gastón” de Mariano Quirós despertó su interés y al subir al estudio busco en la Internet y se informó. Escritor de treinta y pico de años, ganador de premios, editor de revistas, reseñado en portales literarios. –¡Qué suerte la de algunos!, murmuró y prosiguió con las noticias del día; intentos de una malsana paz en Venezuela, Leonardo como el perdedor de la noche-¡pobre!-, el dólar blue en aumento y Cristina con su perro Simón en fotos de Twitter. A las horas sonó la puerta principal, la mujer se había marchado; ahora su única enemiga era la gata, esa gata cazadora que le lanzaba los colmillos algunas mañanas. Bajó descalza y se dispuso a continuar su lectura postviaje en el solar: –Es un buen día para llover, se dijo.

*

Corría sin aliento por calles empedradas, su vestido largo y de encaje espeso le impedía una marcha más rápida.  Un joven moreno la miraba desde el interior de un coche, le examinaba las manos y los pies y paseaba la mirada por sus piernas. –¿Conoce usted la historia de esa torre?, pero no era una pregunta con signos de interrogación, era como una afirmación sin un no como respuesta sugerida. –Fue construida por Matías Ugalde, en el siglo XX para albergar a los inmigrantes italianos que llegaron a montones después de la primera guerra mundial. La llegada de esos pillos significó una bendición para estas tierras; ahora todos hablan con ese che, me llaman chabón y se escudan en el cultural lunfardo. ¿Sabía, sabía? Pero ella corría sin parar, escuchaba sin atención la descripción del señor esbelto, de piernas cortas y mirada de donjuan. A medida que su cuerpo avanzaba el coche le rumiaba los pies hasta que se detuvo y ella se introdujo por una de las ventanas. Eran seres chiquititos, con cabezas estiradas y ojos de medusa. Observó las manos del chofer; blancas, alargadas, distintas al resto de hombrecillos. Los ojos oscuros, las manchas blancas alrededor, las cejas sin peinar. Ese hombre de nuevo, ese cuerpo sin color, delgado, de piernas velludas y pies casi planos. Se quedó mirándolo de cerca y su cabeza era del mismo tamaño que uno de sus ojos. Lo tomó de la franela con los dientes y se lo llevó hasta el pecho. Él la miraba curioso, ella había reconocido la fisura de sus labios. Pasaron minutos, largas horas, años tal vez y no dejaban de mirarse hasta que él vio uno de los pezones oscuros esconderse debajo del vestido, trepó con cuidado hasta el pecho  y aprovechándose del ensueño en que sus ojos habían envuelto a la enorme mujer, apretó con sus dientes.

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*

Los párpados sobresaltados me sacaron de la cama sin permiso. No podía mover mis ojos, no sabía qué significado tenía esa imagen que acababa de ver, ese ardor en mis pechos que me hacían dudar otra vez. No cuestioné nada, no quise perder tiempo en vagas estimaciones semióticas. –¿Estaría Marina abajo? ¡Qué importa! Necesito un caféconleche. Eran pasadas las nueve y cincuenta de la mañana. -¿Cómo amanecés, Cuco? dijo la mujer apenas susurrando. –Mal, con dolor de teta, contesté confusa. -¿De teta? Ah, pronto estarás indispuesta. ¿Querés un té? preguntó con voz maternal. –No, prefiero mi caféconleche. La mujer se sintió rechazada y se marchó al cuarto. Ella no comió medialunas esa mañana. Subió al estudio y encendió la computadora, él estaba conectado. –Anoche soñé con ud., escribió y ella, suspirando para dentro, contestó –Yo también, pero nunca pulsó enter.

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