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Fotorrelato: Teotihuacan

Mientras en Ciudad de México llovía, Teotihuacan parecía un cuadro impresionista de nubes exageradamente luminosas.

Antes de llegar, atravesamos Ecatepec y había pronosticado una tormenta, creía que la pobre Ruperta se quedaría resguardada en la mochila, privada de su mejor diversión pero minutos después reconocería mi equivocación. Fuimos en auto, A. iba al volante, muy confiado; no era la primera vez que visitaría las llamadas pirámides, pero en sus gestos reconocía la expectativa que se tiene cuando se regresa a lugares misteriosos.

Llegamos antes del mediodía y el sol nos recibió con esplendor. El nombre Teotihuacan proviene del náhuatl, lengua hablada por los mexicas y que aún se mantiene vigente en muchos aspectos de la vida del país; por ejemplo los nombres de las estaciones del metro, las calles y hasta las colonias o barrios de la capital tienen su nombre en náhuatl explicado con pictogramas en alguna pared o esquina.

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El caso de Teotihuacan se traduce como “el lugar donde nacen los dioses” o, también, “en donde los hombres se transforman en seres divinos, mitológicos”.

Históricamente, la ciudad es conocida como la más poblada e importante en toda la cultura mesoamericana, siendo punto de encuentro y ceremonia con otras civilizaciones como la maya.

Los dioses principales eran tres: El sol, la luna y Quetzalcóatl o Serpiente emplumada.

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Para el sol, los ancestros mexicanos construyeron un templo mayor, de más de 60 metros de altura, cuevas secretas que conducían al inframundo y una cima preparada para rituales. Como en todas las civilizaciones americanas el sol es el gran padre, dador de alimentos, calor y protección.

A la luna, los ancestros dedicaron un templo menor, pero desde sus alturas puede verse una panorámica amplia de toda la ciudad, desde la punta final de la Calzada de los muertos hasta una plazuela, ubicada justo en frente del templo.

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El año pasado, arqueólogos descubrieron unas fosas y grutas justo debajo de esta plazuela. Más de 10 templos subterráneos y pasadizos secretos convierten al lugar en símbolo sagrado, místico. “El ombligo del mundo”, señala una inscripción al costado de la plaza.

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Aunque no se puede acceder a la cima del Templo de la Luna, desde la mitad se pueden observar formaciones boscosas, restos de piedra que quizá hace miles de años tenían también un significado sagrado.

Así como en Machupicchu, recorrer Teotihuacan me hizo re-pensar en el enigma de lo “sagrado”, eso que para nuestros ancestros eran piedras, árboles u objetos que en ceremonias adquirían significados extraterrenales y que ahora están dispuestos para la contemplación.

La avenida principal de la ciudad se le conoce como La calzada de los muertos y es literal: debajo de cada uno de los edificios que la bordean están enterrados mexicas, aztecas, totonacos, nahuas u otros. Hasta ahora se desconoce, realmente, qué grupo étnico habitó estas tierras antes de ser abandonadas y escondidas por la naturaleza.

Al final de la calzada se levanta un tercer templo y aunque no resalta, en tamaño y apariencia externa, una vez subes las escalinatas y descubres la cara de Quetzalcóatl tallada en piedra, reconoces la importancia ceremonial del lugar.

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Se trata del templo dedicado a la Serpiente emplumada, ese dios mitad cielo, mitad tierra que supo unificar a las culturas mesoamericanas y mantenerse hasta hoy como insignia sagrada en México y Guatemala. En su interior,  también está tallada  la cabeza de Tláloc, dios del agua.

Por más de 200 hectáreas de recorrido se escuchan rugidos de un  jaguar, silbidos que no son de pájaros y voces que parecen lejanas. Son hombres que, con sus objetos en venta, contribuyen a la recreación del mito.

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Por más de tres horas no llovió en Teotihuacan. Aunque las nubes se pintaron de gris, el sol como un gran dios nos arrulló toda la tarde. No necesité de guías, A. me dio la mano, me contó historias, me enseñó a confiar en la sabiduría del sol y no nos fuimos hasta que los guardias nos echaron.

Volvimos a la capital y el asfalto mojado también habló. La lluvia acababa de terminar.


Datos útiles:

La zona arqueológica de Teotihuacan está abierta todos los días, de 9:00 a 17 horas de la tarde.

El boleto de ingreso tiene un valor de $70 pesos mexicanos.

Los domingos la entrada es gratuita para visitantes nacionales.

Dentro de la gran ciudad hay museos de entrada gratuita con objetos de cerámica, instrumentos de defensa personal, murales originales y esqueletos humanos encontrados en los alrededores de la zona.

En las afueras hay muchas opciones para comer, desde puestos callejeros hasta restaurantes y mezcalerías.

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