Haciendo dedo en la ruta (II)

En mi pasado relato te conté sobre mi primera vez haciendo dedo por Punta del Diablo y Barra de Valizas. Ahora, los caminos nos llevaron de La Paloma a Montevideo y lo más gracioso fue que esta experimentación de ser autoestopistas por la costa uruguaya no pudo terminar mejor. Entre cumbias, aplausos y volantes sueltos llegamos a Montevideo más rápido que en un bus convencional.

  4, 5, 6, 7 ¡Hola Paloma!

De la entrada de Barra Valizas al pueblo llegamos en un abrir y cerrar de ojos. Una señora de lo más simpática nos acercó los 5km. que nos faltaban. Fuimos en la cabina trasera de su camioneta y fue ahí donde la sra. Yrygay reflexionó sobre el “pedir la cola” venezolano. Sí, para quienes no sepan, en Venezuela hacer autostop = pedir la cola; porque no es más que pedir eso, ir en la “cola del carro (auto)”, camión o lo que venga. Nosotros siempre tan divertidos y criollitos.

Días después de atardeceres increíbles, caminos de arena y arepas con polenta teníamos que seguir camino hasta La Paloma, 60km. más en dirección a Maldonado. Y, de nuevo, a levantarse tempranito, a ser más simpáticas de lo habitual y a borrarnos esos prejuicios mentales.

Un nuevo desafío nos esperaba. Esos 5km. hasta la entrada eran pesados con nuestras mochilas al hombro, pero esa mañana sólo pasaban caballos y autos en dirección al pueblo, no hacia afuera. Decidimos iniciar camino e ir atentas; sudamos, frenamos a descansar, vimos a las vacas comiendo pasto y después de unos 20 minutos caminando, frenó un camión con un grupo de mochileros con destino hacia Montevideo. Lo que nosotras tardamos caminando, sobre ruedas se redujo a 10 escasos minutos.

Nos dejaron en la ruta 10, desolada y gris. Esperamos mucho, fuimos de un lado para el otro; preguntamos sobre otras alternativas, pero no teníamos escapatoria, era la única vía para llegar a nuestro destino. Pero, ¡sorpresa!, la espera valió la pena. 

Después de casi una hora, nos subíamos a la cabina de una camioneta con manzanas de regalo. Una familia argentina que hace vida en Uruguay nos llevó hasta el acceso a La Paloma.

Viajamos felices entre riachuelos, campos muy verdes, aire fresco, gente trabajando y caminos de asfalto.Bajamos y estábamos a 6km. del pueblo pero eso ya era pan comido para nosotras. Moviendo caderas, alzando el dedo y ¡zas! en 15 minutos íbamos muy forondas hablando con trabajadores de una empresa eléctrica, quienes nos dejaron en la terminal. Desde ahí, a pie hasta casa de quienes serían nuestra familia adoptiva por dos días.

  Y 9, 10 a Montevideo con cumbia

Aunque por poco nos quedamos con Antonio, Karina y Guille y formalizamos la adopción voluntaria, el camino nos cantaba toc-toc en la cabeza. Nuestros queridos anfitriones nos dejaron en la ciudad de Rocha para tomar la Ruta 1, en dirección a la capital uruguaya. Era domingo, era temprano; pero ganas y buen baile del pulgar sobraban.

Resguardadas en la parada de buses nuevamente, levantamos el dedo de a dos y en menos de 20 minutos estacionó su auto, exclusivamente para nosotras, Laura; una rubia viajera nacida en San Miguel (Provincia de Buenos Aires, Argentina),  a quien el amor la hizo mudarse a Uruguay y  nos confesó: “soy feliz porque voy y vengo con mi auto a donde yo quiera, esa es una de las ventajas de ser un país chico y con paisajes tan bonitos”.

Lau nos compartió su alegría por los viajes, sus recuerdos por la Isla de Margarita (Venezuela), su paso por Colombia y sus próximas conquistas; Turquía y Grecia. Además, nos habló del orgullo por su hijo, quien también viaja en un plan más de aventura, practicando la escalada y el trekking.

Ella nos dejó en la entrada del poblado de Pan de azúcar y dejó abierta la invitación a su casa en La Paloma, ¡otra señal para volver!

No habíamos terminado de acomodar nuestras mochilas en el asfalto cuando un auto descoordinado frenó de un salto para ofrecernos lugar con pase directo a Montevideo. Ya en el asiento trasero iban otros chicos hasta Atlántida, ciudad del departamento Canelones, muy cerquita de la capital.

El conductor era un desbocado al volante; lo soltaba para llevarse el porrito a la boca y batía sus manos con euforia, se reía por cualquier cosa y nos animaba a hablar. Desi iba muerta de susto y me envió de copiloto porque, a su juicio, “soy más adaptable”. Y, ¡es verdad!, terminé aplaudiendo mientras él cantaba emocionado, me reí de sus cuentos alocados-esa noche iba a un baile, “el más grande de Sudamérica” y celebraría el día del padre, con su hija de 20- y hasta tarareé el tema “Piensa en mí”, en una versión de la banda La inkondicional, para la que canta su hermano. Pura cumbia uruguaya por hora y media de viaje.

Con el reproductor a todo volumen, entre risas y mis respectivos aplausos de euforia, llegamos a Montevideo a las 15:00 hrs., mejor que pagar un bus y con muchas anécdotas para compartir y almacenar en la memoria.

 Y tú, ¿hiciste autostop o pediste la cola en alguna ruta? Comparte tus experiencias con nosotros. 

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