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Momo

Lo extraño era que, a pesar de todo el tiempo que ahorraba,

nunca le quedaba nada para gastar;

de alguna forma misteriosa simplemente se desvanecía.

Momo – M, Ende

Tantas veces lo nombramos durante el día que se convierte en personaje permanente. El empresario lo transforma en métricas, para el físico es parte de sus ecuaciones, el soñador nunca está conforme y para la gran mayoría, es un objeto que llevan amarrado en la muñeca para auto-advertirse de su puntualidad o viceversa.

El tiempo está ahí, aunque no tenga cuerpo. Es parte intrínseca de todos nuestros movimientos y para ansiosos-me incluyo-llega a convertirse en una angustia constante. Porque quisiéramos hasta triplicarlo, flexibilizar tanto su danza de agujas hasta sentir que en un día terminaremos de hacer todo cuanto quisimos al abrir los ojos. Puede parecer extremo, pero tristemente desde chicos se nos ha enseñado a decir “es que no me dio tiempo”.

Cuando Momo llegó a mis manos me ilusioné al extremo de creer que estaba por leer un libro infantil, de esos en los que no estás obligado a pensar mucho, mas sí a divertirte y olvidarte del estrés cotidiano. Debo decir que amo los libros con ilustraciones por esta razón: porque me permiten desligarme de mis pensamientos para entregarme a lo onírico o surreal. Sin embargo, al pasar las primeras páginas reconocí que la novela escrita por Michael Ende no entraba en esa categoría.

Conocía al escritor alemán por su clásico La historia sin fin de la que me vi series enteras en mis tardes pegadas al televisor después de terminar las tareas escolares. De Momo no había escuchado nunca, pero leyendo la novela de Ende la amé con emoción e incomodidad en paralelo.

¿Qué estoy haciendo con mi tiempo? ¿De verdad estoy invirtiendo suficientes horas en las “cosas importantes”? ¿Cómo es que podemos darle más valor al dinero que a nuestro propio bienestar físico-emocional? Y, ni hablar de la angustia cuando vas de camino al trabajo y observas ríos de gente moviéndose con la mirada puesta en el teléfono móvil, mientras algunos resbalan, lloran o piden unas pocas monedas para completar su desayuno. Todas estos estados puedes vivirlos mientras lees y escuchas a Momo.

Una vez que Ende nos arroja respuestas en las páginas de su libro, reconocemos que como sociedad hemos aprendido mal. Que eso que hoy es moda como el Mindfulness o la meditación con cuencos ha existido desde cientos de siglos atrás, como alternativa a modelos consumistas que más que acercarnos a la felicidad-o satisfacción personal-nos alejan kilómetros, tanto que al darnos cuenta recordaremos a Proust. y su célebre título.  

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En las páginas de la novela, Momo es una suerte de tejedora del buen tiempo, una niña que desconocemos de dónde viene, qué edad tiene o cómo se alimenta, pero con la que nos identificamos tremendamente por lo que hace: escucha a la gente sin juzgar ni medir el tiempo de la conversación y las escucha mirándolas a los ojos-no al móvil-, nunca exige una respuesta rápida a un problema, pero en cambio ofrece soluciones desde su accionar noble y espontáneo. Momo está creada para acompañar, sin importar sus ropajes desteñidos.

En la novela, todo se cuenta desde los sentidos de Momo. Y, tres personajes más son sus complementos: la astuta Casiopea, con su caparazón iluminado y su habilidad de ser vigía en momentos de peligro; Beppo Barrandero, con una sabiduría tal que se confunde con locura extraordinaria y que representa el significado de la amistad en esta historia ni infantil ni adulta.

La obra de Ende fácilmente es una reflexión humanista sobre cómo hemos vivido y lo que podríamos perder de continuar por ese camino masivo y complaciente que, sólo beneficia a pequeños grupos con mucho poder. Grupos que el autor llama Hombres grises y que no son más que seres alimentados de ese tiempo que nos pertenece, pero que hemos regalado a cambio de las supuestas bondades de una “vida exitosa”.

En Momo, estos personajes nos exprimen, se creen con el poder suficiente de exigirnos horas, absoluta dedicación y una supuesta redención a cambio del mínimo desperdicio de tiempo. Son seres minúsculos que se creen mayúsculos, como tantos ejemplos actuales, como la publicidad misma, como la intoxicación ante tanta globalización e información. 

Las páginas de Momo son aptas para chicos y grandes, porque estoy más que segura que a los 10 años no temíamos de hacernos las preguntas que hoy callamos por cederle espacio a otras prioridades.

Si aún conservas la esencia de aquel niño o niña que fuiste, lee a Momo, si sientes que necesitas recuperarlo lee a Momo y permítete reflexionar. Después de todo, este libro es un recordatorio del tiempo y sus ecos y, en la lectura, más valen historias inspiradoras y emocionantes, que esas usadas para aburrirnos y dormirnos antes de que el insomnio se instale en la cama.

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