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La amiga estupenda

A la espera del mañana,

los mayores se mueven en un presente detrás del que están el ayer y el anteayer o,

como mucho, la semana pasada; no quieren pensar en el resto.

Los pequeños desconocen el significado del ayer, del anteayer, del mañana,

todo se reduce a esto, al ahora (…)

 

La primera vez que leí sobre Elena Ferrante fue en las páginas impresas de Arcadia, una revista a la que seguía hace años y pude comprar varios de sus números en una librería del centro de Bogotá. “La ausencia insoportable” se titulaba la nota y me la acabé en unos minutos, para después llegar a casa a devorar lo que pudiera de esa autora en la Web. Me impresionó que se hablara tanto y, al mismo tiempo, nada de quién era ella; se decía que no tenía cuerpo ni rostro, que era una estrategia publicitaria, que tal vez, ella sintiera vergüenza porque la escritura era una huida al oficio de pelar papas o recoger uvas en los campos italianos, hipótesis miles, detrás de la creadora de la tetralogía La amiga estupenda. 

En las páginas de Arcadia era la misma Elena la que hablaba, la revista aclaraba que la entrevista se había realizado por mail, pero ¿qué importancia tiene? Si es Literatura, lo que importan son las palabras y eso mismo refutaba Ferrante: “En cuanto al asunto de mi cara ante el público, esa está siempre asegurada en mis libros y en esta entrevista. Esos son mi única y verdadera cara”. Leí esta frase tantas veces, me la repetía cada noche, sentía que era una verdad máxima, que la mejor cara de un escritor son sus palabras, sus obras. Allí nació mi necesidad por encontrar a Elena, por conocerla a través de Lila y Lenù, personajes principales de sus primeras novelas.

Por un año la busqué en librerías de Caracas, Mérida y Maracaibo. No existía ni en los catálogos. En Venezuela, Elena no era más que un silencio, una duda. En mis primeros días por México pasaba a diario por El Péndulo de La Condesa; una noche mientras caminaba, la mirada impresa de una mujer sobre una carátula me llamaba desde la vitrina y al acercarme, el nombre de Elena Ferrante resaltaba en un rosa brillante sobre fondo gris. Allí estaba, La amiga estupenda, el primer libro de cuatro que describían las vidas de dos niñas en las calles de Nápoles, en la segunda mitad del siglo pasado.

No pasó mucho tiempo hasta que esa mirada reposó en mi almohada, pero debo admitir que sentí miedo de traspasar esa tapa, dudaba, porque a menudo sucede que al depositar tantas esperanzas en algo-sea un objeto, una persona, una ciudad, libro o película-termina por desilusionarnos, por no ser lo que esperábamos. Pero, la curiosidad pudo más, las 386 páginas me llamaban con ese olor a libro nuevo que tanto me gusta. La amiga estupenda inicia con una presentación de sus personajes y cada una de las familias que componen la historia; así con un estilo clásico, con un recordatorio a la dramaturgia, a los perfiles dramáticos que se hacen antes de la escritura de un guión de cine. Elena dibujaba ante mis ojos una suerte de árbol genealógico en las primeras páginas del libro.

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Lo que vino después fueron noches enteras de lectura, insomnios, estaciones de metrobús perdidas por abandonarme en el fluir de sus páginas y reflexiones hondas de esos diálogos infantiles entre Lila y Lenù, esas niñas que jugaban en el barrio, que creían en leyendas de ‘hombres-ogros’, que robaban muñecas y se daban la mano y lo más conmovedor: que crecían siendo sombra y espejo la una de la otra sin darse cuenta, siendo ingenuas de su propio destino.

Aunque en la novela es Lenù quien narra la historia, todo se centra en la maravillosa y enigmática Raffaella Cerullo, la niña Lina para todos en el barrio, únicamente Lila para Lenù. La pequeña es pálida, viste harapos desaliñados y es la hija menor de una familia de zapateros sin más riquezas que un poco de pan en la mesa. Sin embargo, ella esconde una fuerza misteriosa, una inteligencia acertada, capaz de callar a todos en su clase, de despertar la admiración y, al mismo tiempo, el odio, la fatiga y el rechazo de los otros niños. Lila no teme decir lo que piensa, ofende si es necesario, desobedece en casa, se escapa sola para ver el mar, encuentra en su hermano un protector y se burla de los chicos que pretenden ganar su cariño. En las primeras páginas, Lila es la heroína, esa niña inteligente y decidida que está ahí para admirarla, para imaginársela saliendo de la miseria de Nápoles triunfadora, valiente.

En Nápoles sucede todo. En un barrio humilde, en el que conviven panaderos, charcuteros, zapateros, maestros, bibliotecarios, conserjes, carpinteros y poetas y locos que se ganaron el adjetivo luego de ser traicionados por ‘el amor de sus vidas’. La cotidianidad es descrita en paseos por calles repletas de balcones descascarados, niños golpeándose en las fuentes, dos o tres jóvenes manejando descapotables, mientras el gran resto friega pisos, se endeuda con pan o llora por no tener los libros exigidos en la escuela. Una ciudad desigual, con cercanía al mar, con heridas, con niños maravillados al cruzar una plaza y tener frente a sus ojos lo que la realidad les ha vetado: autos, fiestas, abrigos nuevos, helados en centros comerciales. En las primeras páginas, Lina escupía todo aquello, lo aborrecía, junto a Pasquale se hacía llamar comunista.

Elena Greco, Lenù, es la hija del conserje. La que un día llevada por la curiosidad se fue con Lila a desenmascarar al ‘hombre-ogro’ y terminó apretada a su mano, víctima de miedo y, también, único testigo de la fragilidad de la supuesta heroína. Ese episodio marco la vida de ambas, las mantuvo unidas por muchos años. Ella, la de las bondadosas tetas a los 16, la de las gafas, la insegura de su propia inteligencia, se hizo mujer no rozando los pantalones de Antonio ni ganando dinero cuidando a unas niñas en verano. Lenù creció a la sombra de Lila, admirándola, queriendo ser igual o tímidamente más lista que ella, sintiéndose fea y gorda frente al cuerpo esbelto de la otra, comprendiendo sus ideas de independencia y libertad, leyendo libros difíciles nada más para sorprenderla, para demostrar que ella también podía ser mejor que los del barrio. Así, crecía una amistad en las 300 páginas con las que Ferrante me mostró su rostro, una cara honesta, libre de prejuicios; una pluma conmovedora, divertida y, ante todo, hostil, como la vida misma; sea en América o Europa. No importaba, mientras me consumía en esas páginas, Nápoles podía ser Venezuela, México y la mismísima Bolivia. Mi cuerpo era Nápoles, una geografía regida por la falta, apuñalada por la indiferencia y el patriarcado, con necesidades de liberarse, de refugiarse en la mano de una amiga y continuar, acompañada, con una risa y un llanto más que el propio.

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“Me disolvía en las páginas como una medusa”, piensa Lenù tumbada en la arena frente al Mediterráneo, yo pienso lo mismo cada vez que vuelvo a las páginas de Ferrante. Será una señal, ¿eso de que ambas escritoras compartan el nombre de Elena? La única pista posible fueron las últimas líneas de la entrevista a Ferrante en Arcadia:

Las fuerzas pueden ceder, y el mundo con el que nos identificamos puede parecernos, repentinamente, hecho añicos, reducido a miles de fragmentos heterogéneos. A mí me interesa mucho ese colapso y cómo se lucha para escaparlo.

Yo asomo que sí, que tanto Ferrante como Lenù comparten mucho, porque la segunda también fue testigo de la transformación de Lila en la ‘señora Carracci’, una decisión que significó para mí la traición de la heroína, porque pasó a ser familia del mismo ‘hombre-ogro’, se olvidó de la libertad defendida y se vistió de sombreros y vestidos en los que una vez se había vomitado. ¿Por qué Lila hacia esto? ¿Por qué tiraba abajo todo lo enseñado a su amiga (a mi)? Sigo sin entenderlo, la sigo reprochando. Aunque Lenù le sostenga la mano, aunque fue ella misma quien la lavó y decoró. Porque a ella Raffaella bautizó como ‘su amiga estupenda’ y a mí nadie me ha llamado así.

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Se filmó una película sobre el libro. No quiero verla, quiero que Lila y Lenù mantengan los rostros creados por mi imaginación hasta terminar los cuatro libros. Ahora, avanzo en la página 170 de Un mal nombre, segundo de la tetralogía.

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