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Paterson

Eso fue lo que me diste:

yo me convertí en cigarrillo, y tú en fósforo,

o yo en fósforo y tú en cigarrillo brillando con besos,

ardiendo hacia el cielo.

Ron Padgett

Sentada a mitad de la sala 2 de la Cineteca Nacional de Ciudad de México, con un vaso descartable de café con vainilla, me enfrenté a Paterson. No lo digo con violencia, pero ver el film de Jim Jarmusch es una oportunidad para reflexionar sobre lo que más nos condiciona y, casi siempre obviamos, por parecer secundario: la cotidianidad.

Ahora que estoy en Buenos Aires, me siento parte de ese pequeño ‘mundo imaginario’ propuesto por el director estadounidense. Veo la ciudad con tanta perplejidad, me detengo en cada ventana de bus y me pregunto si será verdad que hay cientos de Paterson y no somos capaces de verlos, por tanta urgencia, Instagram y demanda de ‘construir sociedad’.

Tan fuerte fue la sensación que la vi por segunda vez, frente al computador, nada más para recordar por qué me gustó tanto.

 

Paterson es una ciudad en Estados Unidos. También es el nombre de un conductor que inicia el día a las 6:10, bebe café, come cereal, camina hasta la terminal, escribe versos en un cuaderno por minutos, hasta que llega el supervisor y le indica el inicio de la jornada frente al volante. Paterson deja de mirar hojas en blanco y levanta los ojos hacia los carteles pegados en edificios, puertas de comercios que se abren y cierran; escucha conversaciones ajenas, se toma unos minutos, come un sándwich y luego de unas horas, regresa a casa para cenar con Laura, su esposa, sacar a Marvin, el perro, y tomar una cerveza en el bar de Doc. De lunes a viernes los días inician y terminan iguales. La vida de Paterson puede ser juzgada como aburrida, o puede comprenderse como un ejercicio de supervivencia en medio de tanta información y revolución tecnológica.

El film está estructurado por días. Y esa propuesta narrativa sirve de guía para el espectador ansioso que desea se rompa la rutina o para los que –¿inconscientemente? – analizamos el comportamiento de los personajes a partir de sus acciones. Por ejemplo, el lunes termina con un diálogo entre Paterson y Laura en el que ella le dice: “Tus poemas deberían pertenecerle al mundo”, seguido por una risa tímida del hombre y la promesa de fotocopiar cada página de su cuaderno para enviar a algún lugar. Han fijado un día: el sábado, y la promesa establece un objetivo dramático en la historia.

Paterson viste de uniforme azul. En su hora de almuerzo contempla a las Cataratas del Río Passaic desde una banca; con la lonchera abierta, una foto de Laura pegada en la tapa superior, un sándwich en la mano y el cuaderno en la otra. Por la noche, toma su cerveza desde la barra mientras escucha el inventario de sucesos diarios de Doc y los otros, a los que él apenas agrega: “Todo sin complicaciones”. Al despertar, observa la luz del sol proyectada sobre el cuerpo de Laura, la besa, y empieza el ritual diario. Si Paterson es fácilmente descifrable, ella es lo opuesto.

El lunes Laura quería tener su propio puesto de magdalenas. El martes despertó con el sueño de ser cantante Country y, cada día, agrega más círculos y rayas blancas y negras a cortinas, paredes, manteles y tela de sus vestidos. Mientras Paterson ve la ciudad, Laura pinta y diseña un mundo en su casa con Marvin, la mascota, que observa, niega y hasta parece ofuscarse cada vez que la mujer confiesa un nuevo sueño al hombre.

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La fotografía del film es simple. La composición de los cuadros también; planos generales en abundancia, detalles de zapatos en el pasillo del autobús y rayos de luz, que aparecen y se esconden siguiendo el ritmo del día. Porque la intención de Jarmusch es esa: registrar y poetizar la cotidianidad. Para lograr ese objetivo, el realizador contó con la ayuda del poeta Ron Padgett, quien escribió una serie de versos después de leer el guión. Poemas que Adam Driver narra con pausas, con la naturalidad del escritor solitario, para el que no importa ver su nombre en la vitrina de una librería. La interpretación de Driver es tan real y espontánea que cuesta creerlo como un villano de Star Wars.

Hay dos momentos esenciales en el film. El primero es la secuencia en la que Paterson se acerca a una niña que escribe; ella se reconoce poeta y lee un verso para él, para después retarlo con un “¿Conoces a Emily Dickinson?”, él dice que sí, que es de sus favoritas. Entonces, ella cierra el encuentro con una exclamación irónica y hasta prejuiciosa: “¡Un conductor que le gusta Emily Dickinson!”. ¿Acaso no es hermoso? Paterson de unos 40, sensible y observante de su realidad inmediata, dispuesto a ser parte sin importar que el diálogo sea con una niña de 9, que también escribe en un cuaderno, y con quien puede identificarse a través de la poesía.

La segunda secuencia inaugura el clímax. El autobús sufre una avería, no puede andar más y Paterson se estaciona en una esquina. Él no tiene smartphone, el teléfono público ha perdido su utilidad y ahora es una intervención callejera, con spray de colores. Los pasajeros exigen solución, él no tiene cómo comunicarse hasta que una pequeña de unos 10 le alcanza su móvil y he ahí el instante: Paterson en mitad de calle, con la oreja cubierta por una carcasa verde con unos dientes sobresalientes, llamando a la terminal de autobuses. Todo ocurre un viernes, como si antes del descanso del fin de semana, la vida te obligara a reflexionar si de verdad lo estás haciendo bien. ¿Por qué no tienes un móvil? Cuestionará Doc, a lo que el conductor responderá con simpleza, sin violencia: “Porque el mundo antes ya funcionaba bien sin él”.

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El clímax se intensifica al llegar el sábado. Después de escuchar y leer los poemas de Paterson, queremos saber qué destino tendrán. Pero, como una broma de Jarmusch a lo previsible de las rutinas, cuando vemos que una emocionada Laura invita al hombre a salir de casa y que el cuaderno no queda guardado en su lugar habitual, la tensión revolotea en el estómago, el nudo en la garganta crece y el peligro frente a ese tratado de simplicidad que aceptamos o rechazamos estalla. Reflexionamos, si acaso la vida no es eso; una construcción de pequeños mundos donde ser felices bajo la complicidad de otro (s), con gustos mínimos – no masivos –, con rituales personales – no invasivos –, con la simple necesidad de querernos y aceptarnos, sin tantos likes, sin tantas apps.

Los últimos minutos del film gozan de pequeños instantes fuera de la rutina establecida. Paterson caminando por calles nuevas, Marvin castigado en la cochera, Laura sin frascos de pintura en las manos y un encuentro frente a las cataratas que responde a nuestra frustración luego del sábado:

Un poeta japonés contempla las mismas cataratas que Paterson. Pregunta por el poeta William Carlos Williams. Paterson le recuerda que además de poeta, fue médico. Se ríen. Antes de marcharse, el extranjero regala un cuaderno al hombre, con la consigna de que “a veces páginas en blanco representan las mayores oportunidades”.


otros desvíos

Me enamoré de Laura. La interpretación la hace Golshifteh Farahani y, además de natural, es inspiradora con sus vestidos de papeles y cintas de plástico, con su mirada pérdida frente a las cortinas recién pintadas. 

El personaje de Paterson me recordó a mi padre y esa frase suya de “hay que ser felices hija, sin tanto corre corre, con poco, pero felices”

Mis poemas favoritos son los traducidos como “Poema de amor”, “Calabaza” y “Resplandor” 

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