¿Por qué viajo?

Muchas veces hacemos las cosas sin preguntarnos por qué. Es como un instinto natural, una fuerza que nos conduce a hacerlas sin pensar de más, un guiño a nuestra condición animal. Cuando viajamos, a veces, nos pasa eso. Vamos de un lado a otro, subimos y bajamos de un bus, despertamos en almohadas distintas y caminamos con personas desconocidas sin buscar una justificación. Pero, cuando decidimos quedarnos quietos y recordamos aquellos días nómadas esas preguntas asaltan diariamente, con violencia; casi como regaños a esa decisión.

Hace días la pregunta ¿por qué viajo? se me repite, entonces decidí enumerar rápidamente mis porqués sin los artilugios de la palabra escrita. Me di cinco minutos y escribí sobre la hoja en blanco lo primero que me pasó por la mente, ahora me reto a reflexionar sobre cada sentencia.

A los 13 años tuve mi primera crisis asmática, desde ese cumpleaños se repiten con cierta frecuencia; hace unos años me diagnosticaron hiperflexibilidad y desgaste en mis articulaciones, no puedo andar en bici ni trotar; también tengo el síndrome del Túnel carpiano y me atacan las migrañas de vez en cuando.

Recuerdo que al leer las bitácoras de otros viajeros pensaba que eso no era para mí, sin embargo mi necedad me convenció de tomar mi mochila y ponerme a prueba.

Viajando derribé mis propios miedos, comprendí que existen distintos tipos de viajeros, aprendí a mirar con alegría a los que escalan o recorren lugares dándole a los pedales. Yo voy con calma, me detengo cuando siento que mi cuerpo no puede más y transformo esos impedimentos en oportunidades.

Me gusta tener un rinconcito propio, pero a veces me canso de él y necesito moverme con urgencia, me lleno de ansiedad y hasta que no me guindo la mochila en la espalda y me subo al próximo bus no puedo recuperar mi tranquilidad.

Me fastidia tanto la repetición de las mismas tareas a diario que le huyo a trabajos de oficina o a tener una familia convencional.

Moviéndome me siento libre, disfruto de construir pequeños hogares en los lugares donde voy parando y alimento mi sed de duda.

Antes de ser viajera, estudié Periodismo y esa misma vocación me ha servido para mantener despierta mi curiosidad por documentar las realidades que voy descubriendo mientras viajo.

Registrar cómo viven los otros, dónde comen, por qué se visten con ponchos o sombreros, qué música escuchan y cuáles son sus actividades diarias son mis actividades favoritas al llegar a un nuevo destino. Más que una exploradora, me siento periodista; con su cuaderno de apuntes y bolígrafo, con su cámara y sus preguntas.

Pensar en los viajes como un reportaje en constante redacción me llena de mucha alegría.

Convivir con las shuar nua, compartir desayuno con trabajadores del mercado de Uyuni o dormir en un hostel con más de ocho personas desconocidas en una misma habitación es un pase abierto a nuevas historias reales, porque estás allí con sus protagonistas, porque puedes irlas descubriendo e integrarte a su presente.

Viajando también descubres historias mínimas que no están en libros, esas que surgen de momentos de contemplación a grandes torres o montañas o, aquellas que te hablan desde ventanas ajenas.

El mundo es una historia por descubrir, llena de matices y texturas, salpicada de alegrías y tristezas.

Aunque mis padres crecieron en el campo, casi toda mi vida junto a ellos la recuerdo entre edificios, avenidas con muchos autos y grandes supermercados. Las ciudades y su smog, su exceso de gente y su ruido de bocinas y publicidades. Por todo eso siento excitación temprana y rechazo a largo plazo.

Escuchar a la naturaleza, sentirme frente a frente con ella ha sido la más hermosa ganancia de estos años en viaje. Despertarme y respirar el aire de la montaña, tomar agua pura de manantiales y llenar mis ojos del vuelo permanente de aves ha sido una bendición que no cambiaría por una vida llena de rascacielos y millones de habitantes.

Nunca terminamos de comprendernos, pero comenzar por aceptarnos es un triunfo personal. Aceptar que prefiero la luz del sol al brillo de la luna para escribir o que me gusta más compartir con mujeres de manos curtidas de tierra o que me siento más cómoda sin una gota de maquillaje en la cara o que necesito decir no cuando algo me desagrada.

Aceptar que puedo pasar de la risa eufórica a la necesidad de conversaciones solitarias con el cielo o que no siempre tengo que ceder para contribuir al bienestar del otro.

Aceptar que soy un compendio de cosas, eso también se lo debo a viajar.

Hace no muchos años sentía felicidad al comprar objetos materiales que, hoy día, ni sé en dónde están. Viajando también aprendí que la felicidad no consiste en comprar y desechar objetos, sino en vivir con lo necesario y valorarlo aunque sea muy poco.

Con Mandarina (mi mochila) hago ejercicios permanentes de desprendimiento, disfruto de la sencillez y reciclo viejas cosas hasta transformarlas en objetos simbólicos y mucho más hermosos.

He conocido a personas sin casas, autos o 300 pares de zapatos y mucha luz bonita en sus ojos, personas que venden pan en la playa y te ofrecen cobijo sin conocerte, personas que entienden el desprendimiento material como una oportunidad para coleccionar momentos reales.

Octavio Paz escribió que “Por medio de la poesía podemos hacer hablar a las flores y voltear el cielo de cabeza, cambiar la tarde de lugar. Es un buen recurso para transgredir la monotonía y curar el insomnio.”

Yo creo en la poesía como medio y como vínculo, como fisura y perfección; como los ojos abiertos capaces de ver lo hermoso y horrible, como un ejercicio de amar y dejar partir. Eso también es viajar, aceptar que estamos y que, pronto, también nos iremos.

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