Mapa emocional por siete mercados suramericanos

Cuando viajamos hay lugares que te hablan y te ayudan a reconocerte. Los mercados suramericanos son, para mí, una suerte de amuleto; algo así como mi semáforo personal: si entro a uno y la señal es verde, sé que el camino elegido es donde debo estar; pero si al entrar nada me emociona, entonces me siento perdida.

Hace unas semanas me vengo preguntando ¿cuáles me han gustado más? y ¿por qué? No sé si es porque necesite tener uno cerca o porque ya comienzo a añorar aquellos días en que la aventura más frenética de la mañana era cazar nuevos sabores para el desayuno. Lo cierto es que me dio por recordar los que han tenido un significado emotivo en mi recorrido por Suramérica.

¡Aquí vamos!

1. Mercado Santa Cruz – Lima

Llegué a Lima con una lluvia de confusiones en la cabeza y una mañana, como un augurio, me levanté decidida a tomar fotos en sus mercados. Caminé hasta un Punto de Información y me recomendaron el de San Isidro; caminé y me perdí, pregunté a los vecinos y llegué al de Santa Cruz, ubicado en los límites de Miraflores y San Isidro.

Los olores de sus guisos despertaron a mi estómago aún dormido. Los cartelitos con los menús me mostraban ingredientes distintos a los restaurantes tradicionales y la gente me invitaba a conocerlos de cerca. Ahí fue, sentí que los caminos de ese viaje se abrían, la luz pintaba un verde esmeralda brillante.

Sin preguntar, las mujeres me llamaban a pasar; a sostener el olluquito con mis manos, a probar la chicha de jora y a conversar. Mónica y Mariano me hablaron de su familia en la Sierra, de sus cultivos y cuando descubrieron mi debilidad por el plátano me obligaron a llevarme una bolsa con par de verdes para la cena.

El mercado Santa Cruz es pequeño, si lo pienso no tiene nada de extraordinario; pero la sencillez de su gente es un puente que siempre querré cruzar una y otra vez.

2.Mercado 10 de agosto – Cuenca

 Fue mi primer descubrimiento en Ecuador. Antes que un hostel para pasar la noche, fue el mercado. Porque “todo lo consigues ahí” me decía la gente y yo necesitaba un candado para salvaguardar mis herramientas de trabajo por esa noche. Eran pasadas las seis de la tarde y aún quedaban vendedores en los alrededores.

El 10 de agosto es grande, sus dos pisos siempre están concurridos. Sus paredes pasteles están sucias pero ese detalle sólo lo registra Ramona y yo me fijo después. En mi segunda visita sólo quería comer guayabas, pero mis ojos se encontraron con hombres de sombrero durmiendo apoyados en sus barandas, mujeres de tacones y oficinistas de corbata compartiendo en los comedores un buen plato de menestra.

Una pequeña Cuenca estaba ahí, lejos de las cúpulas de sus iglesias o de sus restos arqueológicos.

3.Mercado 9 octubre – Cuenca

Plazoleta del Mercado 9 de octubre

En Cuenca diseñé una pequeña rutina con Alice: ir todas las tardes al 9 de octubre a buscar los más ricos platos por $1 y ella, mucho más osada que yo, se atrevía a pedir lo que estaba a punto de dañarse y , la mejor parte, era que le daban bolsas de berenjenas, lechosas, pepinos y fresas. Una noche fue tanta la colecta que cada una se llevó a casa una bolsa entera de alimentos y de aspecto bastante saludable. ¡Nada de gusanos, por si acaso!

En el 9 de octubre terminaban mis tardes, Narsisa ya me saludaba y me servía las tortillas de maíz más frescas, otras vendedoras me llamaban desde lejos y los guardias intentaban recordar mi nombre, pero nunca acertaron. En esos dos pisos hubo complicidad. Un pase de entrada, muchas ventanas abiertas para observar y dejarme mirar.

El mercado tiene una plazoleta que da la bienvenida, sentarse allí a mirar los detalles cotidianos de la ciudad es un viaje estático de pies pero de danza en los ojos. Con Ramona me divertí mucho registrando esos momentos: mientras yo veía a una chola acercarse con su guagua, ella me mostraba a señores de sombreros y gorritos tejidos.

Es así, la vida pasa tan rápido que a veces no alcanzamos a registrar todo lo que ven nuestros ojos.

4.Mercado Paloquemao – Bogotá

Cotidianidad en el Paloquemao

 Llegando al centro de Bogotá está el Paloquemao; a mis anfitriones no les hacía gracia que me fuera con Ramona en la mochila y, al final, terminé llevándome hasta a su hermana mayor de compañía. Su estacionamiento repleto de flores es la antesala a lo que viene después: desde pasillos con artículos de jardinería hasta laberintos semi-escondidos con niños correteando entre plátanos y mamones.

Estos últimos, los mamones, los devoré apenas los vi apilados en un canasto. Desde Uruguay hasta Ecuador no los había visto en ningún mercado y encontrarlos en Colombia fue un abreboca para lo que vendría después. Además, con Eloisa conocimos una variedad nueva: el rambután o mamón chino; con una cáscara que es todo un verso por escribir, de un rojo vivo, con unas hebras revueltas y una contextura rugosa. Aunque el sabor es distinto al caribeño, su virtud esponjosa y suave al paladar es la misma.

Los tubérculos y el ajo estaban dispersos por todos los locales y esta es otra característica gastronómica que une a los mercados suramericanos: en Perú las variedades de papas superan el centenar, en Ecuador a la yuca se le conoce como “Mama” en las comunidades indígenas del Oriente, en Argentina el ajo sazona las mejores pastas, en Venezuela el ajo es usado hasta para alejar espantos y allí, en Colombia, ambos ingredientes forman parte de su dieta diaria.

El hermoso tesoro de nuestra identidad suramericana también descansa, vive y renace cada día en sus mercados.

5.Mercado Santa Clara – Quito

Mi paso por Quito fue agitado pero irme sin visitar un mercado no era una opción válida para mí. Aunque mi cabeza me ardía, me llené de coraje y fui en búsqueda de respuestas o de esa luz verde del semáforo y, la encontré.

Eran pasadas las once de la mañana y los pasillos estaban llenos. Me impresionó toda una sección dedicada a “los baños cítricos” o “limpias”, como se les conocen en todo Ecuador. Las personas hacían fila para llevarse sus ramas, perfumes milagrosos o bebedizos para curar el estómago. En sacos, las raíces para preparar ayahuasca (link), cactus o “San Pedro” y mucha ortiga para espantar miedo y estrés.

Los olores a pescado inundaban el sector de comedores, yo no pude resistirme y me senté a probar una deliciosa sopa de camarones con menestra y jugo de mango como plato principal por $2. Sí, en cualquier mercado suramericano das alegría a tu barriguita por menos de $3 y, además, alimentas tu mirada con colores, gente y texturas.

Si ese día mis pensamientos estaban alejados de mis pies, el ritmo y el sabor del Santa Clara me hicieron recuperar mi lucidez.

6.Mercado Principal –  Mérida

Pasillos en el Mercado Principal, Mérida

Antes era, apenas, una calle sin techos y divisiones en donde mi mamá y mi querida Alicia (link) iban a comprar las verduras de la semana. Cuando yo lo conocí era el edificio que se mantiene hasta hoy; de altas paredes, cuatros y muñecas de trapo saludando en la mayoría de sus fachadas y el olor a pisca y arepa de trigo llamándote desde su último piso.

El Principal es parte de mi terruño y por eso tiene un significado muy emotivo para mi, aunque reconozco que se distancia de cualquier otro citado arriba. En él no encontrarás grandes ofertas ni menús de hojas recicladas y marcadores, tampoco verás a sus mujeres con trenzas ni vestidas con ponchos, ni a sus hombres con sombreros como en Bogotá. La identidad de este mercado está en los productos que se venden, en las manos invisibles del fabricante de juguetes de madera o del artesano que lleva más de 10 años allí.

7. Mercado San Pedro – Cusco

 Si con un mercado tengo una deuda es con el de San Pedro. Estaba tan enamorada de la atmósfera de la ciudad que lo dejé en segundo plano. Pero, en mi memoria están los pedazos de patilla (sandia) a su entrada, los tejidos de alpaca, las empanadas de queso frita y el ceviche, porque en sus comedores probé mi primer ceviche con camote por $2.

El mercado es bastante grande y como aquella sentencia ecuatoriana de que adentro hay de todo, se encuentra desde bombillas para mate, suéteres de lana, frutas, verduras, materiales de plástico y mucha comida peruana deliciosa a bajo costo. Además, escuchar a las mujeres hablando quechua es otra lección de identidad.

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