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Carta n° 2

Querido sin nombre:

 

Siento frío, desde ayer me siento pesada y con un dolor que me recorre las piernas. No tengo ganas más que de imaginarme bailando con una botella de vino en las manos.

Por la tarde me agité, escribía en la portátil y al ver cómo se movía el florero me paralicé; sentí que temblaba de nuevo, que esta vez el piso sí se quebraría, pero luego de fijar mi mirada sobre las flores comprendí que el temblor era yo misma y mis dedos sobre el teclado. Me levanté y caminé, miré el cielo de nubes grises y sentí las primeras gotas; me mojé un poco y salvé a Braulio de la ventisca en la terraza. Mi única calma ahora son los minutos en la cocina; el arroz, el pescado, el puré de camotes y mirar el cielo y rozar la textura de mis plantas.

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Carta n° 1

Querido lector desconocido:

 

Son las 21:40 en la Ciudad de México, escucho la radio y aún hablan del temblor. Fue el jueves, me tiré junto a mi cama por más de cinco minutos, mientras el piso se movía. Pensaba en el columpio de Catalinas, temía por estar en un décimo piso y terminar bajo escombros en segundos. La fragilidad y lo efímero revuelto en mi mente en aquella medianoche.

El viernes desperté y recordé que estoy por cumplir 30, que necesitaba retomar la escritura de cartas y que procastinar las palabras sería una irresponsabilidad, ahora que vivo sola, que tengo mi cuarto propio. Por eso te escribo, sin saber tu nombre, pero deseando recibir respuesta.

Y vos, muchachita ¿cuándo te vais a casar? *

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Hace algunos meses las conversaciones telefónicas con mi abuela terminaban con esa pregunta, porque claro; los primos de mi generación están bien casados, con hijos y casa y, los que no, están comprometidos o salen con alguien. Y, ¡qué bueno! Cada quien construye su felicidad y cotidianidad como mejor le parece, de eso se trata la libertad, ¿no? De poder elegir, de sonreír cuando tengamos ganas y con quien tengamos ganas.

En mi familia – y en la gran mayoría de este lado del charco- se nos enseña a estudiar, a trabajar desde chicos si hace falta, todo con un propósito: tener un título, conseguir un buen empleo, conocer a alguien “que te represente”, para después casarte, tener hijos y garantizar tu vida con tu futura jubilación. Ah! Y, lo más ¿gracioso?, cuando tengas una hija regálale una nenuco (esos bebés de cabeza pelada que vienen con tetero y pañales) para que se vaya ejercitando desde chica.