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Carta n° 3

Querido sin nombre:

A todos nos quedan pendientes, como aprender a nadar o a manejar bicicleta, como ver los ojos de alguien a quien amaste por última vez o, quizá, como perderle el miedo a los aviones. Yo, ese último lo superé hace rato; todos los demás están en pausa. Son curiosas esas pausas, algunas son silenciosas, otras llegan a doler tanto que necesitas un impulso para superarlas.

Cuando pude alquilar el departamento en México me sentí satisfecha, sentía que avanzaba, que finalmente tendría un pequeño espacio para mi. Cuando el temblor me asaltó de noche leyendo el diario, un hueco se abrió en mi estómago, una caja con resonancias que me gritaban sobre la soledad de los últimos meses, esas llegadas nocturnas sin nada más que bananas y flores detrás de la puerta. Me empezó a doler el estómago a diario, me daban alergia los olores desprendidos de los puestos de tacos y aguas frescas, no entendía a las mujeres rizándose las pestañas con cucharas en el metrobús ni el morbo de los hombres cuando me atrevía a subirme al área exclusiva para ellos en el vagón de metro. El olor del maíz en el aire dejó de maravillarme, las estrellas en mi terraza, rápidamente, se convirtieron en rutina y de a poco mis ojos abrían más por obligación que por ganas.

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Carta n° 2

Querido sin nombre:

 

Siento frío, desde ayer me siento pesada y con un dolor que me recorre las piernas. No tengo ganas más que de imaginarme bailando con una botella de vino en las manos.

Por la tarde me agité, escribía en la portátil y al ver cómo se movía el florero me paralicé; sentí que temblaba de nuevo, que esta vez el piso sí se quebraría, pero luego de fijar mi mirada sobre las flores comprendí que el temblor era yo misma y mis dedos sobre el teclado. Me levanté y caminé, miré el cielo de nubes grises y sentí las primeras gotas; me mojé un poco y salvé a Braulio de la ventisca en la terraza. Mi única calma ahora son los minutos en la cocina; el arroz, el pescado, el puré de camotes y mirar el cielo y rozar la textura de mis plantas.

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Carta n° 1

Querido lector desconocido:

 

Son las 21:40 en la Ciudad de México, escucho la radio y aún hablan del temblor. Fue el jueves, me tiré junto a mi cama por más de cinco minutos, mientras el piso se movía. Pensaba en el columpio de Catalinas, temía por estar en un décimo piso y terminar bajo escombros en segundos. La fragilidad y lo efímero revuelto en mi mente en aquella medianoche.

El viernes desperté y recordé que estoy por cumplir 30, que necesitaba retomar la escritura de cartas y que procastinar las palabras sería una irresponsabilidad, ahora que vivo sola, que tengo mi cuarto propio. Por eso te escribo, sin saber tu nombre, pero deseando recibir respuesta.